miércoles, 9 de enero de 2019

En Piedras de Molle

EN PIEDRAS DE MOLLE

Piedras de Molle era un pueblo generoso.

El Lolo Martínez vendía dentaduras postizas que conseguía en la empresa de pompas fúnebres de López y Lespera. Todos sabíamos que el Lolo recogía las dentaduras de los fallecidos que eran atendidos por el hijo de López, Lopecito. Lopecito era de la nueva generación y decía que sabía que los muertos no protestan ni regresan a reclamar las dentaduras porque en el Más Allá parece que no las necesitan. “Dios les da nuevos dientes”, decía Lopecito y le entregaba al Lolo Martínez las dentaduras limpitas. Bueno, eso de limpitas era un poco relativo, sequitas, sí. El Lolo las metía en lejía que hacía el Dr. Cancela que cada tanto iba en tren a Montevideo y traía los ingredientes para hacer la famosa “lejía de Cancela” que se vendía incluso en el poblado de Grutas del Molle , a unos 20 o 30 km de Piedras de Molle.

Pero no era Piedras de Molle generoso solo por eso.

El Lolo Martínez tenía un negocio de mercería, artículos escolares, venta del diario “Hora de Molle” y venta y canje de libros y revistas. Y, claro, la venta de dentaduras usadas que guardaba en un cajón forrado de papel de diario, bajo el mostrador de madera.

Decía Dulce Margarita Mañana de Martínez, su mujer, que el olor de la tinta del papel de diario espantaba todo bicho. Se persignaba cada vez que su marido abría el cajón o lo sacaba para mostrar a los clientes la mercadería dentaria.

El Lolo era un tipo confiable, amable y gran vendedor de postizos. Dentaduras completas de abajo o de arriba, pares de muelas con enganches de metal, tríos y cuartetos con puentes metálicos, incisivos (de arriba o de abajo). En fin, a lo largo de los años, el Lolo había logrado un gran stock y la variedad era grande. Con el tiempo algunas falsas encías se quebraban, los falsos paladares se agrietaban, algunos dientes amarilleaban. No todos los materiales de fabricación y genéticos eran buenos.

“Y ya no los hacen como antes”, comentaba el Lolo a los clientes y narraba alguna anécdota macabramente graciosa de cocineras que perdían la dentadura en la olla hirviente del guiso criollo. Contaba al detalle, con gran imaginación y con mucha gracia que las encías se derretían en el líquido caliente pero los dientes, no. “Y los comensales decían, ¡qué granos de choclo más duros!” El Lolo cerraba el cuento con una sonora carcajada a la que no siempre se sumaban los clientes.

Algunas personas venían de lejos a comprar dentaduras a lo del Lolo. El Lolo era buen vendedor, como se sabe. Tenía un “apartado” para esos clientes especiales, al costado del mostrador donde había puesto un biombo que le había dado el Dr. Cancela, veterano médico del pueblo, cuando le puso puerta al consultorio y sacó el biombo. No era nada especial ni especialmente bonito pero como había sido del consultorio y todos los conocían, al biombo y al médico, le daba un toque de profesionalismo al negocio del Lolo.
El Lolo permitía probar la mercadería a los posibles compradores y para eso era necesario un poco de privacidad. El Lolo tenía el biombo siempre abierto, ocultando una silla pequeña y un dressoir antiguo, estilo francés, que le había comprado por poca plata a Doña Rosa Quintana, dueña y regidora de la “casa de huéspedes” de Piedras de Molle y aledaños. La “Casa de Rosa” tenía mucha fama de buena atención, discreción y prolijidad. No faltaba el espejo colgado en la pared que don Conrado Céspedes, dueño de la estancia “Bajos del Molle”, le había dado en pago por los postizos de Elcira, la cocinera de la casa de los Céspedes. Al espacio “probador” no le faltaba nada y luz tenía la de una lamparilla eléctrica que colgaba del techo. Pues bien, el Lolo había logrado un lugar adecuado y espacio de atención personalizada, que es mucho decir para aquellos años.

Cuando aparecían pacientes en la consulta del Dr. Armando Quijada, nombre curioso para el dentista del lugar -broma ácida del padre de Armando, también dentista de nombre Ánimo Quijada-, y le decían “completa”, el Dr. Quijada (hijo) sabía que el Lolo tenía clientes. Completa significaba que desaparecerían todos los dientes de varias encías y luego varias dentaduras completas serían probadas en lo del Lolo y la que “calzara bien” se iría con nuevo dueño.

Venido de Europa con la familia de inmigrantes, el tío de Armando Quijada, don Entero Quijada, tenía la barbería al lado del consultorio de su sobrino, el dentista. En la vidriera amarilleaban resecas algunas láminas de cortes varoniles, había “tuppés” sobre cabezas de maniquí y un pequeño letrero de cartón gris, escrito con tinta azul que rezaba: “Cortes modernos para caballeros”.

Cliente del Lolo había sido don Enrique Rufino Henríquez, escritor y poeta afincado en el pueblo desde hacía más de ¿cincuenta? años. Tal vez. Desde que los más jóvenes tienen memoria, don Enrique R. Henríquez leía su “Alabanza a la Patria” cada 25 de agosto en la Plaza Artigas de Piedras de Molle, en el petrificado y estricto silencio de los escolares formados frente a la tarima y algunas toses y estornudos de los ciudadanos, porque en pleno agosto, el invierno en Piedras de Molle helaba hasta los huesos.

Enrique Henríquez sostenía sesudas discusiones con el Director de la Escuela No. 1 de 2o. grado, José Pedro Varela. José Pedro Varela era el nombre de la escuela, el Director se llamaba don Juan Bautista Pedernal. Pedernal era Maestro Director, articulista en “Hora de Molle”, jefe político de la zona y enemigo intelectual del cura párroco de la Iglesia del pueblo, “Nuestra Señora Agradecida”; para los lugareños la Iglesia de Molles.

El cura, Monseñor Ambrosio Delgado Pinares , era un hombre alto y flaco, que atravesaba la plaza desde la Casa Parroquial para ir a la “Confitería Molles de Oro” a tomar el té con leche al atardecer de cada día, en una hora que variaba desde las cinco de la tarde en invierno y las siete o siete y media en verano cuando el sol menguaba su furia ardiente.

La familia Canale era la dueña de la confitería y era tradición en el pueblo que en las Pascuas regalara un delicioso bombón a todo el que pasaba frente sus puertas. Una muestra de la generosidad que brotaba en el pueblo.

Piedras de Molle era un pueblo generoso en muchos aspectos. Cerca y ya saliendo del pueblo, tenía una laguna: Piedras de Molle, más conocida por Laguna Molles. El lugar estaba casi en medio de una zona rocosa en la base del monte de la India o de la China Curandera o del Curandero, según fuera el relato. Precioso lugar. La sombra fresca de los molles lo hacía ideal para las reuniones a la orilla de la laguna durante los calurosos días del verano. En invierno también, aunque la sombra y los árboles altos lo hacían un poco sombrío, lúgubre y lleno de leyendas oscuras de ahogados y jóvenes desaparecidas, de la Vieja del Monte que bajaba a llevarse hojas y semillas y cáscaras de madera de los molles para preparar tisanas y ungüentos.

Cuentan que esos parajes fueron testigos de varios encontronazos, entreveros y escaramuzas entre blancos y colorados. En esos tiempos era peligroso ir a la laguna. Algunos gauchos y soldados, a veces indios, se separaban de las tropas porque estaban heridos o cansados, hambrientos y sucios y se quedaban a disfrutar de la generosidad del lugar.

Una leyenda de las más lindas y románticas cuenta que una moza se perdió en el monte de Molles y encontró la tapera de la vieja Iracé, o Iracema para algunos. La moza era joven, se llamaba Amalia. Era tan bonita como rebelde. Un día conoció a un gaucho joven que había quedado malherido después de un enfrentamiento en el monte. El gaucho había llegado hasta la casa de Amalia pidiendo refugio y comida pero el padre de Amalia lo echó de inmediato porque temía que vinieran contrarios al bando del gaucho joven y los mataran a todos. Esos tiempos eran así. Entonces el gaucho, herido y casi sin fuerzas se subió a su caballo y dejando un reguero de sangre se dirigió al monte. Amalia lo siguió en contra de la voluntad de sus padres. Podemos imaginar lo que pasó luego: Iracé, la bruja, encontró al gaucho, lo alivió y curó con bálsamos y cocidos de molle, de sus hojas, sus frutos y madera. Luego llegó la moza y se concretó la historia de amor ¿y muerte tal vez? Bueno, según quién lo cuente. Por lo tanto como todo pueblo, poblado y comarca que se precie, Piedras de Molle tenía su leyenda.

Barbería y peluquería, consultorios médico y dental y venta de prótesis (dentaduras y dientes postizos),  iglesia, prostíbulo, escuela, biblioteca, confitería, mercería y quiosco, laguna con monte y bruja. Casi completo el cuadro, si se cuenta la Comisaría bajo el mando firme del Comisario Amavilio Sosa y el Teatro Garmendia, antes galpón para lana de la estancia Garmendia.

La “comisería”, como decían algunos, era igual a cualquiera de cualquier otro pueblo en suelo patrio: bandera nacional, escudo, puertas altas de madera, ventanas a ambos lados. El local contaba además con el eficiente cuidado del Comisario Sosa y dos agentes.

El “Teatro Garmendia” era el orgullo del pueblo. Gracias a la generosidad de los Garmendia el galpón había dejado de guardar lana para abrigar a los espectadores que iban a disfrutar de alguna obra teatral o algún sainete que presentaban las compañías, o festejar y reírse cuando un circo pasara por aquella zona. Con el tiempo o mejor dicho por el tiempo, un frío bravísimo en invierno y un calor de infierno en verano, el Teatro era lugar ideal para las celebraciones de las Fiestas Patrias y la fiesta escolar de fin de año, ocasión en que la sala se llenaba prácticamente con todos los habitantes del pueblo.

Luego llegó el cine. Todo el mundo iba al “biógrafo” para disfrutar de alguna “cinta”. Las películas llegaban al “Cine Teatro Garmendia” con varios años de retraso y nunca en excelentes condiciones. Pero hubo cine. Y en 1963 el pueblo de Molle pudo disfrutar de “Alta sociedad”, con inolvidables canciones en la voz de Bing Crosby la belleza rubia y elegantísima de Grace Kelly.

Sí, señor. Piedras de Molle fue un pueblo generoso que olvidaba de tanto en tanto que las guerras mundiales habían terminado y que se vivía en otro Uruguay. Allí la vida transcurría hasta extinguirse suavemente.

Así se fue todo el pueblo, suave y lentamente. En silencio. Sin estridencias ni demoliciones. Sin catástrofes naturales, ni guerras, ni guerrillas, ni epidemias, ni invasiones. Primero fue la retirada de los más jóvenes y luego, por las leyes de la vida, se fueron yendo los viejos.

Cuentan que en Montevideo ni se enteraron del proceso de inexistencia del pueblo. Nunca pasó por allí el censo de población y el correo se recogía en la capital del Departamento.

En el archivo de autores nacionales no figura el ilustre Enrique Rufino Henríquez porque nunca registró su obra y porque una vez afincado Piedras de Molle, nunca viajó, ni él ni sus escritos, más allá del caserío aislado a la salida del poblado.

Y aunque la Escuela No. 1 de Piedras de Molle fue pública, gratuita y obligatoria desde su inauguración, nunca fueron a visitarla las autoridades de la educación. De la Plaza Artigas solo queda el lugar vacío, no hay bancos, ni fuente, ni busto de don José. Alguien, o quién sabe quiénes y cuándo, se llevó los escudos patrios de los edificios públicos.

La Laguna Molles nunca tuvo un cartel de identificación ni un acceso señalado para los visitantes; se entraba por los senderos naturales marcados por el paso de los visitantes. Sin visitas ni “entreveros” de guerra, sin enamorados tomados de la mano a la luz de la Luna, sin niños jugando en las orillas o trepando a las ramas, los molles se reprodujeron solitarios y el monte se hizo denso. La memoria del paseo a la Laguna se perdió; solo quedó un molledal pintoresco al borde un espejo de agua natural, sin nombre y sin leyenda para contar a los más jóvenes.

El camino principal del pueblo se fue borrando con las lluvias, las sequías y la falta de tránsito.

Piedras de Molle fue generoso con el pueblo y ahí está todavía, esperando la llegada del telégrafo, la radio y la televisión. Y por cierto, de la gente.

¿Del Lolo? Un día, viudo ya, se fue del pueblo con su cajón de dentaduras rumbo a la Capital, dicen. Algunos cuentan que hizo buen dinero porque vendió las piezas a un coleccionista francés o alemán, un europeo era, al que convenció de que los dientes y muelas eran de soldados caídos en la famosa, sangrienta y heroica Batalla de Molles ocurrida durante las luchas por la independencia.

Sí, señor. Piedras de Molle era un pueblo generoso. Aunque no esté en el mapa.


viernes, 21 de octubre de 2016

Un cuadro



Me hace falta una historia
Hoy quiero una historia de gotas que caen perdidas
que hable de lluvia
que me envuelva en niebla
que me acune el silencio de la nieve imposible

que no tengo ni sueños ni ventana al mar

solo quiero que llueva
que me abrace la niebla
que me acune la nieve

sin reloj, sin tiempo en mi cama perfecta
que está todo arreglado
que hay olor a limpio en las sábanas nuevas

pero hoy no tengo sueño
ni sueños
ni ensueños
solo ojos abiertos en la tarde despierta

y no llueve
ni hay niebla
ni razón de tristeza
y no nieva, claro

Hoy quiero una historia de hojas que caen mojadas,
de flores que duermen
de retoños helados
de quietud
de olvidos

Hoy quiero la niebla que deshace contornos
pálidos grises y blancos  
que la lluvia caiga
se empape el paisaje
que me envuelva el frío

Hoy quiero estar sola y que me encuentre la noche
perdida, sí
oculta en las nieblas del sueño
entre las gotas que caen
y que entre las hojas húmedas
se me borronee el día

Necesito la lluvia

Graciela Balparda
Octubre, 2016

domingo, 7 de junio de 2015

Agua y sal

Este relato forma parte de un libro que todavía no es y que llevará el título - provisional - de "Solitarios".
Algún día todos los capítulos se van a encontrar, como células pequeñitas en busca de un cuerpo,  y parirán un libro. 

Agua y sal

- ¿Qué hace Élida?
- Me llevo un poquito nada más, Padre. Le juro que necesito un frasquito más.
- Élida - dijo el Padre Carlos, sacerdote desde hacía varios años en la Parroquia del barrio - la semana pasada hablamos de no llevarse el agua bendita de la pila.
Élida bajó la cabeza y la levantó rápidamente para mirar a los ojos al Padre Carlos.
- Usté sabe que la necesito.
- No, Élida. Ya hablamos de cómo ser un buen cristiano y de los buenos católicos. Venga a las reuniones de la Parroquia los viernes a conversar con las otras señoras que ayudan con las donaciones de ropa y con la costura, el tejido, …
- No, Padre. Bueno. Vengo si quiere pero eso no lo va a sacar de la casa.
- Élida. No hay un fantasma que la mira desde la casa de enfrente.
- No me mira, Padre. Está ahí. Yo lo vi. Él no me vio. Yo le pedí a usté que bendijera mi casa otra vez como antes fue el Padre Antonio -que en paz descanse y Dios guarde su alma- y no fue.
Élida bajó la mirada y comenzó a dar la vuelta para irse.
- Élida, hágame caso. No hay un fantasma en la casa de enfrente. Rece en todo caso, para que esa pobre alma pueda marchar junto a Nuestro Señor.
El Padre Carlos le sonrió con benevolencia tocando el hombro de Élida. Élida regresó la mirada hacia los ojos sonrientes del sacerdote
- No entendió, Padre. No quiere irse de la casa. Esa casa es de él, por eso nadie la compra, nadie la tira abajo, nadie se mete a vivir ahí, ni gatos hay; ellos lo dejan tranquilo. Solo se meten los gatos cuando saben que se siente solo, entonces le andan un rato por ahí. Mi madre me contó la historia. Todo el barrio sabía que el viejo nunca dejó la casa. Estaba loco. Lo volvieron loco las barajas. No por apostar porque no salía ni a la puerta y no había estas porquerías de la interné. Mis nietos, bueno, el mayor juega al póker en la máquina; no sé cómo hace para pasar la plata, no juega mucho...
- Élida
- … me explicó pero no le entendí. El más chico me puso una máquina en casa y yo le escribo a mi nieta que está en Canadá, yo le conté, me manda fotos…
- Élida, no se lleve más agua bendita. Venga el viernes que todavía no está frío en la tarde y conversamos ¿sí?
- Chau, Padre. Que Dios lo bendiga

El Padre Carlos la vio irse. Luego se acomodó en uno de los bancos de la iglesia y entrelazó las manos. Pensaba en Élida y en la famosa “casa embrujada” del barrio. Le habían contado que al principio hubo un matrimonio sin hijos, por allá por los cuarenta del siglo XX. “Todos los barrios tienen alguna historia” -se dijo. “Lo raro que nunca la vendieran. Problemas de sucesión, lo más probable. El sótano enorme, la lechería, el tambo de la esquina, muy pintoresco, la caída de un techo que casi mata a unos obreros” - pensaba Carlos. “Folclore urbano. El loco que sobrevive a su propia muerte para seguir en la mortificación de tratar de resolver un juego de solitario. Estaría bueno investigar un poco. No creo que a la Iglesia le importe. Ni se enterarían. Lo que no entiendo es para qué necesita el agua bendita si “el fantasma” no sale de la casa. Doña Élida no le va a echar el agua. Si ni siquiera “el fantasma” sale de la casa menos va a cruzar la calle. Será para “limpiar” su propia entrada… Quién sabe. Estas señoras añosas… Cualquier día la voy a ver echando sal en la puerta para que no entren malos espíritus”
- No - dijo susurrando y sacudiendo la cabeza. Después se levantó y con una sonrisa se encaminó a la sacristía

Élida salió del frío de la Parroquia a la calle que dormía la siesta de otoño al sol. Caminó hasta la esquina. Cruzó la placita vacía, vetusta, con el pasto raleado en unos tristes canteritos, un par de bancos de material y un parche colorido y solitario de juegos nuevitos para niños. Pasó frente a la escuela llena de cientos de voces infantiles. Caminó otra cuadra pisando con cuidado entre hojas de árboles, evitando baldosas ausentes y caca de perro. Dio vuelta en la esquina. A media cuadra estaba su casa, con el sol calentando las ventanas de postigos largos y la entrada. Más allá, enfrente, en la vereda en sombra, la casa del viejo de las barajas. Se detuvo con las llaves de la puerta en una mano. Con la otra tocó el bolsillo del saco de lana que llevaba puesto para comprobar que tenía el frasquito de agua bendita. No había nadie. Cruzó. En un hueco en la pared, bajo las ventanas tapiadas de la casa del viejo, una gata había parido cuatro gatitos. Élida les llevaba comida y agua.
- No le tengan miedo al viejo. Ni se va a enterar si ustedes entran pero por las dudas… Y que me perdone el Padre Carlos, que con Dios ya hablé.

Élida sacó el frasquito del bolsillo y con un dedo acarició y bendijo cada cabecita gatuna

martes, 30 de septiembre de 2014

Ángela



Silencio de domingo.
Llovizna y niebla.
El paisaje quieto afuera y quieto adentro.
Ángela, sentada frente a la ventana como cada día, miraba hacia el jardín.
Silencio afuera. Silencio adentro.
Era poco importante el silencio para ella. Había silencio en su cabeza desde hacía un buen tiempo. Fue en otro tiempo. Hacía tiempo, ¿mucho tiempo? o tal vez no demasiado. Fue el tiempo de las furias, de golpes, de gritos, gritos y rabia y golpes. Furia, rabia y marcas en la piel y en los huesos. Terror, miedo, abandono. Hasta que no hubo más. No sabía. Ni se acordaba. Era pasado. Hubo un pasado. Pasó más tiempo. Vagar sin horizonte. Equivocarse otra vez.
Ahora es hoy, sin nostalgia, sin recuerdos. Hoy aquí, frente a la ventana, de espaldas a la sala ver el jardín empañado de niebla, cristales nubosos y cristalinos opacos. Pero estaba hoy, sentaba frente a la ventana que da al jardín como cada tarde de sol o de lluvia. A veces se sentaba en el jardín mudo de sonidos, toldado de sombra fresca y verdes difusos. Silencio de pájaros, de ladridos y de risas. Silencio de los pocos niños que llegaban de visita y estaban siempre lejos.
Cada día sentada frente a la ventana un golpecito suave en el hombro y una cara sonriente y borrosa le hacía señas indicándole que debía ir a comer. Tal vez le hablaban y con unas caricias en la espalda la ayudaban a ponerse de pie. Esta gente la cuidaba bien y le estaba agradecida.
Ángela había enmudecido con los años. En su universo de silencio y niebla estaba el jardín y en el jardín, los otros.
Ella dejaba que la mimaran un poco aunque se sabe que no se mima mucho a los viejos. ¿Creen que los viejos no se dan cuenta? Se había acostumbrado tanto a la amabilidad que ya no sabía qué era afecto.
Llovía mansamente en el jardín.
Ángela apagaba su silencio un poco más en cada siesta, en cada noche, en cada recuerdo que se iba.
Descansaba en la seguridad de la sala, frente a la ventana y al jardín que se oscurecía mojado y solitario. Respiraba suavemente.
No se agitaba. Simplemente discurría en el tiempo.
Nadie le exigía ya salir a caminar ni con sol ni con nubes.
Iba de la sala al jardín y del jardín la conducían hacia adentro vigilando su andar vacilante
¿Familia? No, no se tenía registrada una familia. Simplemente la habían dejado.
Nadie había venido a verla nunca. Tal vez la creían ya muerta.
Había sido una buena madre y muy buena niñera. Había impuesto respeto por su porte. Había sido noble y fiel con su familia.
¿Edad? Quién sabe. Los malos años le habían quebrado la juventud. Tal vez tuviera 15 años.
¿Nombre? Desconocido.
En el refugio la llamaron Ángela
Graciela Balparda
Setiembre, 2014

viernes, 20 de junio de 2014

A pesar de la nube




Nunca le preguntaron.
Otros hablaban y a otros creían escuchar. Pero a él no.
Estaba en la puerta de salida, pronto para embarcar, como le gustaba decir; en silencio, sin equipaje de 23 kilos, con lo puesto, un pasaje en económica y un pasaporte que no necesita visa.
Levantar vuelo, perder las ataduras, despegar liviano, abandonar la tierra en un impulso ligeramente orgásmico, de ojos cerrados para disfrutarlo mejor.
Se llevaría consigo un montón de páginas sin escribir. Si pudiera tirarlas desde allá arriba o propulsarlas desde abajo en todo caso, como panfletos en tiempo de elecciones. Pero estaban sin escribir.
Nadie se molestó en guardar sus palabras en los tan inteligentes teléfonos con miles de aplicaciones. Fotos sí, en las reuniones de familia, en las Navidades, en los bautizos, tomando mate con los nietos, los sobrinos, los hijos de los sobrinos, sus propios hijos y los amigos que iban quedando. Videos sí, con las bobadas grabadas en las mesas y en los bailes transpirados de una fiesta para sordos.
¡Tanta inteligencia móvil registrada en las páginas volátiles de la memoria desapasionada de las redes sociales! Frases célebres de algunos célebres y frases inventadas por los que creen que serán célebres por la agudeza de sus dos perogrullados renglones escritos en hojas virtuales que serán barridas con apuro y quemadas sin gloria.
Alguna vez alguien quiso registrar las memorias de los viejos pero como era muy joven tenía mucho para hacer y para cuando tuvo tiempo era viejo y los otros viejos ya no estaban y se habían llevado las anécdotas en su último vuelo.
Hoy me toca estar en la sala de espera de los viajeros. Hay otros como yo que ni saben que están. Cuando aparezca su número de vuelo en la pantalla azul y los llamen a embarcar ya deberán haberse despedido o tendrán apenas un momento y no será tiempo de fotos ni de teléfonos inteligentes.
Cuando me llamen a embarcar espero haber tenido el suficiente tino para escribir aunque sea una página para dejar colgada en la aduana. Por lo menos tengo el título: “Entrego 1KB para nube”, y que otros se encarguen.
Graciela Balparda
Junio de 2014

viernes, 21 de febrero de 2014

Residencia


Dibujaba el tiempo mientras dormía
En cada siesta se olvidaba un poco
Recordaba distinto
Insistía
Se anegaba de sueño el tiempo
Y en cada siesta el pasado se le arrimaba cantando
olvidada la letra
con un tango a medias
lleno de agujeros
Si alguien pasaba y decía
- con una levedad que ni Kundera -
“duerme todo el tiempo”
Sartre le rebautizaba el “spleen”
de una agonía de modorra
sin pesadilla
puro estanque de horas sin movimiento
Que ni los relojes tienen ya sonido
ni puede sorber las horas en las campanadas
Y tanto dibujar de ojos cerrados
Creían que dormía
Él pasaba como Proust
buscando un tiempo
entre polillas secas
Y pasaban los días
entre las manos cruzadas
los pies derechos
sin paisaje del afuera
solo
adentro
Que no hay horas
ni días
ni meses
Ya se fue
lejos
Graciela Balparda

sábado, 1 de febrero de 2014

Estos cielos uruguayos

 Estos cielos uruguayos son tan lindos y cambiantes que no puedo elegir solo una fotografía para representarlo. Tiene azul y blanco y sol. ¿Debería publicar una bandera nacional flameando? Y dirían que soy ingenua. "Naif" dirían los más clementes. Antigua y poco provocadora lectura dirían algunos cultos circunstanciales lectores y la desecharían por escolar y decimonónica. Y es que tal vez haber estado revisando y releyendo ejemplares candorosos y decimonónicos de nuestra biblioteca, la de casa, la que guarda, humedece y enreda libros anacrónicos, a los ancianos con los "modernosos", con los premiados, con los que pertenecen al más puro ocio juvenil, con los que la crítica señala como imperdibles y los "perdibles", los que se cubrieron de laboriosas telarañas, los "coleccionables", los no leídos ni por leer, en fin... He rescatado del olvido algunos libros que fueron muy queridos por varias infancias familiares y, tal vez, se me pegó un poco de aquel, desacostumbrado ya, estilo que tenían los bisabuelos escritores. En mis manos, en mis ojos, sobre la mesa, en mi falda, que no en mi computadora, estuvieron las páginas, versos y figuras de ancestros que ilustraban la realidad con una llaneza tan clara y agradable a mi parecer que supe con certeza que la abuela soy yo. ¿Qué dirán, si llegan aquí, lectores exigentes de perfección literaria en uso? Si llegan espero arrancarles suavemente una sonrisa benevolente de nietos escuchando cuentos de otra época. Pues sí. Los cielos uruguayos son tan lindos y cambiantes que tan pronto se llenan de pequeñas nubecitas blancas y pasajeras que pasan apuradas, corriendo indisciplinadas, como se aburre en azul perfecto. En el horizonte transparente de Piriápolis, cuando el sol se hunde lentamente en el mar perfecto, las nubes esperan al oriente, respetuosas y niñas o sujetas con cintas oscuras hasta que les permitan pasar. En ocasiones, nubes gigantescas de estructuras compactas y flexibles, cambian con asombrosa parsimonia y posan para las cámaras con arrogancia de diva que ofrece a cada admirador su mejor perfil. Son las estrellas, valga que son nubes, de los cielos de las cuatro estaciones. Ligeras cuando cirros, altas y frías. Redondas, merengosas o rollizas cuando cúmulos. A veces lánguidas y llorosas nimbos. Deshechas en gasas desgarradas, líricas, como protagonistas de ópera, que se mueven lentamente en escena entre pianíssimos o como un grupo de bailarinas ligeras, gráciles que salen rápidamente, casi levitando, del escenario. Escandalosas y tronantes cuando se atormentan y amenazan a los gritos que pueden fulminar a cualquiera. Y a ponerse a resguardo porque a veces en asonada, arrojan piedras sin ningún miramiento, donde caigan. Entonces llega el viento, tenemos un Pampero recio, negociador y persuasivo firme, y las convence, por un tiempo, de que se vayan a casa. El viento en Uruguay es otra historia. Pero todo lo perdonamos, tiempo al tiempo, porque es que son tan lindos estos cielos uruguayos, cambiantes, caprichosos y diáfanos hasta con nubes que cuando en el cielo se cierra un telón nublado para cambiar el decorado y el vestuario y nos preparamos para un intervalo de lluvia en el espectáculo, yo espero disfrutando del aroma de la tierra mojada, de plantas empapadas y flores desmayadas, a que los pájaros vuelvan a decirnos que se descorre el telón y comienza un nuevo estreno azul y blanco y sol.