martes, 30 de septiembre de 2014

Ángela



Silencio de domingo.
Llovizna y niebla.
El paisaje quieto afuera y quieto adentro.
Ángela, sentada frente a la ventana como cada día, miraba hacia el jardín.
Silencio afuera. Silencio adentro.
Era poco importante el silencio para ella. Había silencio en su cabeza desde hacía un buen tiempo. Fue en otro tiempo. Hacía tiempo, ¿mucho tiempo? o tal vez no demasiado. Fue el tiempo de las furias, de golpes, de gritos, gritos y rabia y golpes. Furia, rabia y marcas en la piel y en los huesos. Terror, miedo, abandono. Hasta que no hubo más. No sabía. Ni se acordaba. Era pasado. Hubo un pasado. Pasó más tiempo. Vagar sin horizonte. Equivocarse otra vez.
Ahora es hoy, sin nostalgia, sin recuerdos. Hoy aquí, frente a la ventana, de espaldas a la sala ver el jardín empañado de niebla, cristales nubosos y cristalinos opacos. Pero estaba hoy, sentaba frente a la ventana que da al jardín como cada tarde de sol o de lluvia. A veces se sentaba en el jardín mudo de sonidos, toldado de sombra fresca y verdes difusos. Silencio de pájaros, de ladridos y de risas. Silencio de los pocos niños que llegaban de visita y estaban siempre lejos.
Cada día sentada frente a la ventana un golpecito suave en el hombro y una cara sonriente y borrosa le hacía señas indicándole que debía ir a comer. Tal vez le hablaban y con unas caricias en la espalda la ayudaban a ponerse de pie. Esta gente la cuidaba bien y le estaba agradecida.
Ángela había enmudecido con los años. En su universo de silencio y niebla estaba el jardín y en el jardín, los otros.
Ella dejaba que la mimaran un poco aunque se sabe que no se mima mucho a los viejos. ¿Creen que los viejos no se dan cuenta? Se había acostumbrado tanto a la amabilidad que ya no sabía qué era afecto.
Llovía mansamente en el jardín.
Ángela apagaba su silencio un poco más en cada siesta, en cada noche, en cada recuerdo que se iba.
Descansaba en la seguridad de la sala, frente a la ventana y al jardín que se oscurecía mojado y solitario. Respiraba suavemente.
No se agitaba. Simplemente discurría en el tiempo.
Nadie le exigía ya salir a caminar ni con sol ni con nubes.
Iba de la sala al jardín y del jardín la conducían hacia adentro vigilando su andar vacilante
¿Familia? No, no se tenía registrada una familia. Simplemente la habían dejado.
Nadie había venido a verla nunca. Tal vez la creían ya muerta.
Había sido una buena madre y muy buena niñera. Había impuesto respeto por su porte. Había sido noble y fiel con su familia.
¿Edad? Quién sabe. Los malos años le habían quebrado la juventud. Tal vez tuviera 15 años.
¿Nombre? Desconocido.
En el refugio la llamaron Ángela
Graciela Balparda
Setiembre, 2014

viernes, 20 de junio de 2014

A pesar de la nube




Nunca le preguntaron.
Otros hablaban y a otros creían escuchar. Pero a él no.
Estaba en la puerta de salida, pronto para embarcar, como le gustaba decir; en silencio, sin equipaje de 23 kilos, con lo puesto, un pasaje en económica y un pasaporte que no necesita visa.
Levantar vuelo, perder las ataduras, despegar liviano, abandonar la tierra en un impulso ligeramente orgásmico, de ojos cerrados para disfrutarlo mejor.
Se llevaría consigo un montón de páginas sin escribir. Si pudiera tirarlas desde allá arriba o propulsarlas desde abajo en todo caso, como panfletos en tiempo de elecciones. Pero estaban sin escribir.
Nadie se molestó en guardar sus palabras en los tan inteligentes teléfonos con miles de aplicaciones. Fotos sí, en las reuniones de familia, en las Navidades, en los bautizos, tomando mate con los nietos, los sobrinos, los hijos de los sobrinos, sus propios hijos y los amigos que iban quedando. Videos sí, con las bobadas grabadas en las mesas y en los bailes transpirados de una fiesta para sordos.
¡Tanta inteligencia móvil registrada en las páginas volátiles de la memoria desapasionada de las redes sociales! Frases célebres de algunos célebres y frases inventadas por los que creen que serán célebres por la agudeza de sus dos perogrullados renglones escritos en hojas virtuales que serán barridas con apuro y quemadas sin gloria.
Alguna vez alguien quiso registrar las memorias de los viejos pero como era muy joven tenía mucho para hacer y para cuando tuvo tiempo era viejo y los otros viejos ya no estaban y se habían llevado las anécdotas en su último vuelo.
Hoy me toca estar en la sala de espera de los viajeros. Hay otros como yo que ni saben que están. Cuando aparezca su número de vuelo en la pantalla azul y los llamen a embarcar ya deberán haberse despedido o tendrán apenas un momento y no será tiempo de fotos ni de teléfonos inteligentes.
Cuando me llamen a embarcar espero haber tenido el suficiente tino para escribir aunque sea una página para dejar colgada en la aduana. Por lo menos tengo el título: “Entrego 1KB para nube”, y que otros se encarguen.
Graciela Balparda
Junio de 2014

viernes, 21 de febrero de 2014

Residencia


Dibujaba el tiempo mientras dormía
En cada siesta se olvidaba un poco
Recordaba distinto
Insistía
Se anegaba de sueño el tiempo
Y en cada siesta el pasado se le arrimaba cantando
olvidada la letra
con un tango a medias
lleno de agujeros
Si alguien pasaba y decía
- con una levedad que ni Kundera -
“duerme todo el tiempo”
Sartre le rebautizaba el “spleen”
de una agonía de modorra
sin pesadilla
puro estanque de horas sin movimiento
Que ni los relojes tienen ya sonido
ni puede sorber las horas en las campanadas
Y tanto dibujar de ojos cerrados
Creían que dormía
Él pasaba como Proust
buscando un tiempo
entre polillas secas
Y pasaban los días
entre las manos cruzadas
los pies derechos
sin paisaje del afuera
solo
adentro
Que no hay horas
ni días
ni meses
Ya se fue
lejos
Graciela Balparda

sábado, 1 de febrero de 2014

Estos cielos uruguayos

 Estos cielos uruguayos son tan lindos y cambiantes que no puedo elegir solo una fotografía para representarlo. Tiene azul y blanco y sol. ¿Debería publicar una bandera nacional flameando? Y dirían que soy ingenua. "Naif" dirían los más clementes. Antigua y poco provocadora lectura dirían algunos cultos circunstanciales lectores y la desecharían por escolar y decimonónica. Y es que tal vez haber estado revisando y releyendo ejemplares candorosos y decimonónicos de nuestra biblioteca, la de casa, la que guarda, humedece y enreda libros anacrónicos, a los ancianos con los "modernosos", con los premiados, con los que pertenecen al más puro ocio juvenil, con los que la crítica señala como imperdibles y los "perdibles", los que se cubrieron de laboriosas telarañas, los "coleccionables", los no leídos ni por leer, en fin... He rescatado del olvido algunos libros que fueron muy queridos por varias infancias familiares y, tal vez, se me pegó un poco de aquel, desacostumbrado ya, estilo que tenían los bisabuelos escritores. En mis manos, en mis ojos, sobre la mesa, en mi falda, que no en mi computadora, estuvieron las páginas, versos y figuras de ancestros que ilustraban la realidad con una llaneza tan clara y agradable a mi parecer que supe con certeza que la abuela soy yo. ¿Qué dirán, si llegan aquí, lectores exigentes de perfección literaria en uso? Si llegan espero arrancarles suavemente una sonrisa benevolente de nietos escuchando cuentos de otra época. Pues sí. Los cielos uruguayos son tan lindos y cambiantes que tan pronto se llenan de pequeñas nubecitas blancas y pasajeras que pasan apuradas, corriendo indisciplinadas, como se aburre en azul perfecto. En el horizonte transparente de Piriápolis, cuando el sol se hunde lentamente en el mar perfecto, las nubes esperan al oriente, respetuosas y niñas o sujetas con cintas oscuras hasta que les permitan pasar. En ocasiones, nubes gigantescas de estructuras compactas y flexibles, cambian con asombrosa parsimonia y posan para las cámaras con arrogancia de diva que ofrece a cada admirador su mejor perfil. Son las estrellas, valga que son nubes, de los cielos de las cuatro estaciones. Ligeras cuando cirros, altas y frías. Redondas, merengosas o rollizas cuando cúmulos. A veces lánguidas y llorosas nimbos. Deshechas en gasas desgarradas, líricas, como protagonistas de ópera, que se mueven lentamente en escena entre pianíssimos o como un grupo de bailarinas ligeras, gráciles que salen rápidamente, casi levitando, del escenario. Escandalosas y tronantes cuando se atormentan y amenazan a los gritos que pueden fulminar a cualquiera. Y a ponerse a resguardo porque a veces en asonada, arrojan piedras sin ningún miramiento, donde caigan. Entonces llega el viento, tenemos un Pampero recio, negociador y persuasivo firme, y las convence, por un tiempo, de que se vayan a casa. El viento en Uruguay es otra historia. Pero todo lo perdonamos, tiempo al tiempo, porque es que son tan lindos estos cielos uruguayos, cambiantes, caprichosos y diáfanos hasta con nubes que cuando en el cielo se cierra un telón nublado para cambiar el decorado y el vestuario y nos preparamos para un intervalo de lluvia en el espectáculo, yo espero disfrutando del aroma de la tierra mojada, de plantas empapadas y flores desmayadas, a que los pájaros vuelvan a decirnos que se descorre el telón y comienza un nuevo estreno azul y blanco y sol.