lunes, 10 de diciembre de 2012

Noche de Fiesta


 Una mujer en la soledad de la víspera de Navidad


NOCHE DE FIESTA


Pudo haber sido el perfume de los jazmines o la noche tan clara con una luna de cuento o la calma de la calle después de un día agitado, diferente, de un día tan especial...
Las lágrimas habían caído suavemente, con una voluntad irrefrenable que la razón no pudo detener.
Tal vez la cerveza que había tomado con los compañeros de trabajo para festejar...
Puede ser.
Hacía mucho calor al mediodía... Se había reído tanto... todo habían sido buenos deseos, abrazos, saludos, euforia...
Luego tanta gente en la calle, los puestos ambulantes a lo largo de las veredas, los vendedores voceando ofertas, el Centro bullía en colores y texturas, juguetes, pañuelos, artesanías, sombreros, sillas para playa, bebidas frías, números de lotería, flores, cuadros, camisetas...
La parada y luego el ómnibus repleto, con la música a todo volumen...
Había vuelto a casa contenta y un poco cansada.
Nada más.
Todavía estaba sobre la mesa el regalo semidesenvuelto del "amigo invisible".
¿Cuál había sido el punto? ¿En qué momento...? ¿Un pensamiento?
Se había quedado dormida ¿un rato? sobre la cama, luego se había levantado, se había duchado, había salido hasta el supermercado a comprar el helado, había mirado el informativo en la televisión mientras se vestía para la cena, había llamado por teléfono a varios amigos y familiares...
Lo usual.
No fueron las imágenes de Londres iluminada ni las de Nueva York ni las de París. Estaban tan lejos.
Tal vez fue cuando apagó el televisor y la casa quedó en silencio.
El silencio, sí... Pero estaba acostumbrada al silencio. Salvo cuando venía alguna amiga, rara vez, o sus hermanos con los hijos, más rara vez, no había otra conversación más que la radio o la televisión.
¿O fue después, cuando se sentó en el sillón junto a la ventana para hacer un poco de tiempo antes de salir?
Y eso que este año no se había puesto a escuchar los viejos discos de villancicos.
No. No eran los recuerdos. Con los recuerdos debía uno ser cuidadoso.
Los recuerdos.
No debió preparar la mesa igual que antes, que siempre, cuando aún vivía su madre, con el caminero de hilo, un centro de piñas y siemprevivas y los dos candelabros bajos, lustrados, con las velas rojas.
¿Para qué?
Cierto. Faltaba el aroma del Pan Dulce llenando la casa desde la mañana, anticipando la cena en familia.
Otra cena, otra familia...
Sin embargo no era nostalgia.
Tal vez el trabajo, el estrés...
No debió quedarse sentada haciendo tiempo. Debió salir. Ir caminando despacio.
Qué importaba si llegaba temprano. Margarita, una de las cuñadas, estaría en la bendita cocina terminando de preparar las ensaladas o ubicando en los platos la "picada" del copetín.
Su hermano Alfredo, en el fondo, con el asado y los chiquilines prendiendo "cañitas voladoras" en la calle.
A lo mejor estaría llegando Armando, con Mercedes y las mellizas con su despliegue de lechón al horno con ensalada rusa, su buen humor y la música para ambientar...pobre Armando.
Luego vendría la ceremonia de los regalos, el intercambio de pequeñas cosas prescindibles y de otras absolutamente inútiles.
¡Qué disparate! Cualquiera sabe que todo eso es bueno.
Entonces, ¿qué había sido?
¿Que el comedor de la casa había quedado solo iluminado por las luces del árbol cuando apagó las demás?
No. Si eso siempre le había gustado.
Las luces encendiendo y apagando, reflejándose en los adornos brillantes y coloridos.
Destellos en los pájaros de vidrio, campanitas de porcelana, hombres de nieve de guata, ángeles de cartón, botas de fieltro rojo, moñas de raso, manzanitas con brillantina... ¡Qué viejos algunos! De qué años...
Entonces, ¿qué?
¿Por qué no había podido contenerse?
Ahí estaba, cruzada de brazos y piernas, con la cartera al lado, esperando un poco más para no llegar tan temprano.
Llorando. Sin moverse. Permitiendo que la mirada se le perdiera entre las luces que la coloreaban alternándose con la blanca claridad lunar que entraba por la ventana abierta.
¡Quién sabe!
Una mala jugada de la emoción.
No cualquiera tiene una familia para pasar las Fiestas.
Hay gente tan sola...
Se secaría las lágrimas.
¡Qué tontería!
No debía olvidar el helado, ni la bolsa con los regalos, ni desenchufar las guías del árbol,ni cerrar la ventana...
Y que el perfume de los jazmines quedara en el jardín. 
Graciela Balparda (1997) 

lunes, 29 de octubre de 2012

Me quiero divorciar

 



ME QUIERO DIVORCIAR

- Me quiero divorciar - dijo Isabel repentinamente.
 Magdalena no terminó la frase en la que estaba contando de un unipersonal divertidísimo que había visto la semana pasada. Quedó callada. La sonrisa y el entusiasmo dieron paso a la consternación. Hizo una pausa mientras sostenía la mirada de Isabel.
- ¿Qué? - preguntó con extrañeza.
- Me quiero divorciar - contestó Isabel como si fuera evidente.
- ¿Qué decís?
-    - ¡Me- quie-ro- di- vor- ciar !
-    Y me lo decís así... así... - Magdalena no salía de su asombro. Con los ojos bien abiertos, tardó algunos segundos en parpadear y aflojar el cuerpo que sin pensarlo, había tensionado.
El bullicio del shopping las envolvió.
Ahí estaban las dos, sentadas frente a frente. Las separaba una mesa sobre la que había un vaso alto con jugo de naranja a medio tomar del que sobresalían dos pajitas, un pocillo de café vacío, un servilletero y un platito blanco lleno de migas.
La música de moda que sobrevolaba el lugar pareció cobrar más fuerza al caer en el hueco de la conversación.
Las dos mujeres se miraban. Isabel mostraba un cierto aire desafiante. A Magdalena, en cambio, la duda le ensombrecía el semblante.
Isabel preguntó, con un gesto, qué pasaba.
Deliberadamente, Magdalena lo pasó por alto, se irguió en el asiento y llamó al mozo. Se quedó mirándolo hasta que estuvo junto a la mesa como si fuera lo único digno de atención en aquel momento.
- Otro café, por favor. En taza - dijo.
El hombre asintió y miró a Isabel quien respondió - Está bien así, gracias. Pero tráigame un cenicero, por favor.
- Ah, para mí, edulcorante – agregó Magdalena 
- Como no - dijo el mozo y se llevó el pocillo vacío y el platito.
Magdalena tomó una servilleta de papel y se dispuso a doblarla prolijamente por la mitad... luego en cuartos... en octavos... como si fuera una tarea urgente e imprescindible. - Y... ¿por qué? - preguntó luego de un suspiro, de controlar que la tarea hubiese quedado perfecta y mientras marcaba los dobleces con las uñas.
- Porque no aguanto más – susurró Isabel sin emoción
Magdalena observaba la servilleta doblada. Luego comenzó a hacerla girar entre los dedos. - ¿Nada más?- dijo estrujando el papel hasta hacer una bolita.
- Nada más.
- ¿Y ahora?
- Nada. Se acabó. - susurró nuevamente Isabel con una calma estudiada que sabía poner en práctica cuando creía necesitarlo.
Magdalena detuvo el jugueteo y levantó la mirada.
-¿Cómo se acabó? ¿Cuándo se acabó? ... ¿Por qué? - preguntó.
- Acabándose, desde hace tiempo, porque era inevitable - Isabel subrayó cada respuesta.
Magdalena se mordió el labio inferior. Tiró el papelito manoseado sobre la mesa con un gesto de cansancio. Se echó atrás en la silla.
- No te entiendo – dijo luego de algunos segundos.
El mozo llegó con el café y el cenicero. Los dejó sin que las mujeres lo miraran.
- Gracias- dijo mecánicamente Magdalena.
- Me preguntaste cómo y yo te contesto: acabándose, me preguntaste cuándo...
- Ya entendí eso - cortó Magdalena duramente. Y prosiguió - Lo que no entiendo es... es... - titubeó, sin poder explicar bien qué era lo que no entendía.
Finalmente miró a Isabel, se acercó a la mesa y descansó sobre ella los brazos cruzados. Agregó con firmeza - ¿Estás loca o me tomás el pelo? Vos hacés estas bromas. Te juro que creí...
Isabel negó lentamente con la cabeza y frunciendo los labios. Luego desplegó una sonrisa entre irónica y triste y dijo - No va más. Me tiene podrida. No lo aguanto. No me importa. Estoy segura de que no le importo... ¿Te molesta que te cuente?
- No, claro que no. No, no...
- ¿Entonces...? Quiero saber qué decís, Magu.
Magdalena se dio tiempo antes de contestar. Abrió el sobrecito del edulcorante y echó dos pastillas en el café. Lo revolvió sin apuro al tiempo que Isabel prendía un cigarrillo.
- Mirá, Isabel... no es tan sencillo... Tal vez deberías darte tiempo para pensar... Magdalena hablaba con la mirada baja, perdida sobre un punto muerto; recitaba un pobre lugar común.
- Ya lo pensé - fue la lacónica respuesta de Isabel.
- Hay cosas que... no sabés... que yo...
- ¿Y vos, sí? ¡Qué podés saber...! Vos siempre bajo el ala protectora del mismo marido...
- Hay que estar preparada... una decisión así.... no es fácil...
- No tengo miedo... no te preocupes. - Las palabras salieron de Isabel perfectas, limpias, frías.
- Claro, - siguió Magdalena como pensando en voz alta - sos vos la que se divorcia... yo no.
- Creí que te iba a caer mal... pero no para tanto, Magda
- ¿Y por qué me lo contás a mí ?
Isabel enarcó las cejas. - No te conté mucho... - dijo. - Pero lo consideré obvio siendo mi hermana.
- Viniste a buscar mi aprobación.
- Error otra vez, Magda. Si me conocieras un poco sabrías que no busco la aprobación de nadie.
- Sí, eso es cierto. Isabel la rebelde siempre fue agresiva. Siempre hiciste lo que te dio la gana... y siempre caiste parada.
Isabel se rió e inclinando de lado la cabeza miró a Magdalena. Habló suavemente - No lo puedo creer, - dijo - no puedo creer... Y agregó con sonriente resignación - Yo sabía que esto iba a pasar. Magdalena, yo sé que esto es muy incómodo para vos. Si yo fuera una amiga y no tu hermana, no te fastidiaría tanto ¿no?
- No, no es eso... no entendés... no estoy fastidiada.
- Sí, estás fastidiada. Yo te conozco, Magdalena. Pero no hay problema. Pensalo así. Yo siempre fui la problemática y vos la coherente. Yo fui una estudiante mediocre, cambié varias veces de trabajo y de pareja.
- ¡Terminá, no entendés! No mezcles las cosas. Magdalena había hablado con seriedad y mirando directamente a Isabel.
- Me parece oir las mismas voces de mi adolescencia: "No traigas más problemas, Isabel. Siempre la misma, Isabel. "
- ¿Qué te pasa, Isabel?
- ¿No entendiste? La "oveja negra" siempre fui yo. ¿Quién se hacía la "rabona" en el liceo, vos? No. ¿Quién quedaba siempre debiendo materias...? ¿Quién no terminó nada de lo que empezó...? ¿Vos? Esto es nada más que algo que también y una vez más queda sin concluir. No vivieron dichosos, ni fueron eternamente felices ni comieron perdices.
Magdalena hubiera querido decirle tantas cosas pero al fin no dijo ninguna de las que hubiera deseado. - Calmate -dijo- estás enojada contigo, no conmigo. 
- No juegues a la psicóloga. La terapia me la puedo pagar. - Isabel fumaba con una cierta ansiedad.
Magdalena se acomodó en la silla. Pasó una mano por su frente. La sintió húmeda.
- No sos la única que tiene problemas... - dijo. - El mes que viene voy para San Pablo, una semana...
- Ya sabía. Me lo dijo mamá. Estoy enterada. ¿Y...? - Isabel hablaba mirando el cigarrillo.
- Carlos se queda con los nenes. Las abuelas van a dar una mano.
- Si querés yo también puedo...
- Tengo miedo – dijo Magdalena con voz ahogada
- ¡¿Cómo?! - exclamó Isabel suavemente. Apagó el cigarrillo lentamente. - ¿De qué tenés miedo, Magda? No es el primer congreso al que vas... Es relativamente cerca.
- Tengo miedo de no volver.
- ¿Qué puede pasarte? No seas fatalista...
- ¿Y si no vuelvo? ¿Si no puedo volver? - Magdalena miraba titubeante a su hermana.
¿No volver...? No volver...¿Por qué? Las palabras de Magdalena habían desatado en Isabel un torrente de pensamientos confusos. Magdalena nunca había tenido miedo ¿o sí? Parecía siempre tan segura, tan serena, tan sensata... Entonces ...¿qué? Empezaba a entender aunque le resultaba difícil creerlo. Era imposible. Magdalena, no... Magdalena había sido siempre tan predecible. Una vida ordenada. Nada fuera de lugar. Todo en ella era prolijo,convencional...estable. Era la mujer perfecta. Luego de un título universitario, una libreta matrimonial, un marido tranquilo, trabajador, hijos, madre, suegra, trabajo...
- ¿Qué querés decirme, Magda?
Magdalena levantó la mirada pero miraba sin ver.
- No sé si el divorcio es lo mejor... ha de ser muy difícil tomar una decisión así - dijo.
- Pero no imposible - devolvió rápidamente Isabel. 
- Claro. En esto, no tener hijos es una ventaja. Vos no tenés hijos...
- Y también es una ventaja ser una cabeza hueca como yo ¿no?
- No, Isabel. Yo nunca te consideré cabeza hueca. - Magdalena hablaba mecánicamente, con una calma rara, sombría, forzada, que hizo que Isabel deseara tomarle las manos, sacudirla o gritarle. Pero no hizo nada. Solo escuchaba... y pensaba.
- Claro, - siguió Magdalena - el que siempre fue irreverente, independiente, audaz, extravagante...
- Esa no soy yo, Magda. Y vos no sos. No sé de quién hablás.
- Sí, tuviste errores pero en vos se permitieron. Te dejaron equivocarte.
- Entonces, vos que sos más inteligente que yo te vas a permitir equivocarte. Te vas a dejar un poquito libre. Abrite la jaula y volá un poco. Ejercitá las alas. Y después, si querés regresá.
Magdalena pareció volver a la realidad, miró el reloj, como quien despierta de un sueño o como quien, impulsado por un clima circunstancialmente propicio, hubiera hecho una confesión apresurada y quisiera borrarla y huir. Se aclaró la garganta.
- Isabel, tenemos que hablar... pero no ahora. - Magdalena tomó la cartera, sacó un monedero, miró la cuenta y dejó dinero sobre la mesa. Mientras lo hacía dijo -Te llamo mañana. Tengo que irme... Perdoname. Vamos a seguir charlando. Y añadió con una sonrisa profesional - Es bueno de vez en cuando.
- Mientras terminaba de ponerse la chaqueta agregó seriamente - Te pido, Isabel que no hagas nada de lo que te puedas arrepentir. Pensá antes de actuar. Otra separación...
Isabel la miró y retrucó con una delicadeza especial - Te pido que hagas cosas de las que te podrías arrepentir. No pienses tanto.
Se despidieron con un beso que ambas apretaron en la mejilla de la otra.
- Hasta mañana.
- Chau.
Isabel se quedó mirando a su hemana que se alejaba en el corredor perdiéndose entre la gente.
Hizo una seña al mozo.
- Le pago - dijo
El mozo observó el tiquet y el dinero que Isabel le daba.
- Está bien así, gracias.
- Gracias, señora.
- Disculpe ¿usted es casado?
Al hombre lo tomó por sorpresa pero contestó rápidamente en tono divertido
- Tengo nietos.
- ¿Es feliz?
- Feliz...no sé. Ya no pienso. Mire, después de treinta y tantos años...
La mirada del hombre y la expresión del rostro hicieron reir suavemente a Isabel.
El mozo agregó con una sonrisa simpática - Pero no me quejo, podía haber sido peor. Disculpe, señora, me llaman.
Isabel se colgó la cartera al hombro, se puso de pie y salió del local al corredor, a sumergirse en la corriente humana, turbulenta y desordenada de un shopping al caer la tarde. Sonreía. Por alguna razón, sonreía.

Octubre, 1997


sábado, 13 de octubre de 2012

El mundo fue y será...


"...hoy el mundo está envuelto en el caos. Después de tantas guerras, son muchos los que creen que no pueden perdurar las normas decentes de vida. Los horrores ya no impresionan a nadie. La política ha remplazado a la religión. Hoy vemos a muchachas de quince años vagando ebrias por Leicester Square. Los hombres honrados son víctimas de la mala fe y del engaño, y comprenden, a su pesar, que para subsistir solo queda el recurso de engañar a sus semejantes." 


John Dickson Carr (tomado de "Below suspicion" - 1949)

Hasta entonces...

domingo, 30 de septiembre de 2012

Ni lejos ni en la superficie

 Ni lejos ni en la superficie

Hace unos cuantos días que pienso en un tema que es recurrente en mí: la relación profunda que debe existir entre la sociedad y la educación formal que se desarrolla en ella.

No es un tema nuevo. No es una originalidad. Muchos ya han escrito al respecto y es bueno recordarlo.

Ni la educación formal - entendida como la que consideramos curricular, brindada por los centros educativos- ni la no formal y la informal han de trabajar alejadas de su contexto. Dicho así suena a perogrullada, claro, algo sabido y repetido hasta vaciarse de contenido. Entonces: ¿qué significa esto, la sociedad y las formas educativas trabajando entrelazadas? Que no podemos seguir pensando en que se enseña para seguir las directivas que imponen los programas de curso o las autoridades. Que debemos pensar la educación en un mundo de pensamiento laberíntico que cambia, destruye, inhabilita o resalta paradigmas a gusto.

La tecnología avala y autoriza a todos quienes deseen escribir, expresar o intercambiar opiniones con el solo freno de que las leyes prohíben o se denuncia. Por esa razón desde todos los niveles, más allá de los contenidos (ciencias formales, ciencias sociales, arte, deportes), hay que poder intercambiar y discutir con fundamento, con argumentación, y fomentar no solamente las opiniones que salen del corazón, de los supuestos o del imaginario, sino las opiniones fundadas, reflexionadas.

Trabajar en el intercambio de opiniones es una maravillosa oportunidad brindada por los sistemas democráticos de gobierno. No nos quedemos en las frases hechas y conciliadoras de diferencias como lo son: "trabajar en valores", "fomentar la tolerancia", "respetar las opiniones", entre tantas otras. Trabajemos como docentes en reconocer formas y contenidos de los discursos. No nos quedemos ni lejos de la sociedad ni en su superficie; vayamos más allá de la cáscara de las palabras. Hinquemos el diente.

"Las palabras nunca son inocentes" pregona el filósofo Javier Sádaba. A partir de esta premisa empecemos a reflexionar.

Hasta entonces.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Un cuento.

Este relato lo escribí en 1997. Forma parte de un breve libro con cuentos protagonizados por mujeres pero no son feministas. Estas mujeres que nos muestran una escena de sus vidas son comunes y corrientes, uruguayas de fin de siglo XX. No hay nada espectacular en su agenda diaria. Quizás, así lo deseé en ese momento y ahora también, puedan ser fiel reflejo de muchas ciudadanas cuyas vidas son parte de un fresco cotidiano, sin extremos.
Por alguna razón le tengo especial cariño.
Espero que lo disfruten.
Hasta entonces

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CELINA


 Celina cerró la puerta detrás de sí.
 Volvía de hacer los mandados de fin de semana. El carrito de la feria hasta el borde de cosas.
 Una carterita, donde llevaba el dinero, cruzando el pecho en bandolera y el saco de lana remangado.
 Llevó el carro hasta la cocina.
 Metió la leche y los huevos en la heladera que se veía bastante vacía.
  - ¡Pero...! - exclamó y pensó en voz alta.
  - Me olvidé de la manteca. Bueno, después voy y ya traigo el queso y el fiambre.
 Cerró la heladera.
 Se descolgó el monedero y lo dejó sobre una repisita junto con las llaves.
 Se quitó el saco.
 Sentía calor.
 Con las dos manos retiró el mechón de pelo gris que le caía sobre la frente.
 Se sentó junto a una mesa cuadrada cubierta con un mantel de algodón color amarillo pálido sobre el que se lucía un ramo de violetas en un pequeño florero transparente.
 Era sábado.
 Una brisa agradable movía las cortinas de la ventana semiabierta.
 La mañana estaba clara y fresca.
 Tomó aliento.
 Se levantó y prendió la radio que había sobre la mesada, bajo la ventana.
 “... continuamos en la mañana de su radio. Para usted, para que se quede junto a nosotros hasta el mediodía compartiendo notas, comentarios y buena música..." - decía un entusiasta locutor que llenó con su clara voz el ambiente y dejó atrás el metálico tic- tac del reloj de pared.
 “Antes de las noticias de la diez, anunciamos la entrevista a la escritora Celina Cáceres con quien vamos a conversar de la aparición en nuestro país, de su novela "Como una sombra". No se vayan. Los esperamos luego de Las diez de las diez. "
Celina, se lavó las manos en la pileta y las secó con un papel desechable.
 Encendió la cocina.
 Puso un poco de agua en una caldera reluciente y la llevó a calentar.
 Tomó una taza y un platillo. Le colocó una bolsita de té. Le vendría bien uno mientras escuchaba la radio.
 Alberto, su marido, estaría escuchándola en el negocio.
 Después iba a ordenar todo lo que había traído para guardar en la heladera y prepararía el almuerzo.
 De todas formas, Alberto no llegaría hasta casi las dos de la tarde.
 Sus hijos, Jorge y Gabriela y tal vez Valentina, que era la mayorcita de los nietos, a lo mejor, si podían, iban a escuchar. Celina estaba, de eso, casi segura.
  - ¡Pucha! ¡Qué ridícula! - pensó - Soy una vieja. No puede ser que me ponga nerviosa... ¿Qué dirán los chiquilines?
 Los chiquilines eran sus dos hijos ya casados y con hijos a su vez pero para ella seguían siendo los chiquilines.
  “Estas fueron Las diez de las diez. Volveremos en una hora".
La música anunciaba que seguía el programa.
 El agua hervía. Celina apagó la cocina y mientras escuchaba, llenaba la taza.
  “Continuamos en la mañana de su radio. Vamos a la nota prometida con la escritora compatriota Celina Cáceres, a propósito de su último libro, "Como una sombra", de reciente publicación."
 Celina tomó asiento junto a la mesa, otra vez.
Desplegó un mantelito colorido sobre el que apoyó el té humeante.
Subió un poco el volumen de la radio.
  - Total, estoy sola - pensó.
  “Celina Cáceres, es un gusto para este programa compartir con usted este rato aquí en: Hoy conversamos de... libros y autores, en este caso. Bienvenida."
  “Muchas gracias. Estoy igualmente encantada de estar con ustedes y con su audiencia que sé que es muy grande."
 Celina se oyó extraña.
 Tomó un sorbo de té.
  “Su reciente novela, "Como una sombra", ha despertado el interés de la crítica y está teniendo gran éxito. ¿Un escritor escribe buscando el éxito?”
  “Un escritor escribe para comunicar, escribe para entretener, escribe para conmover, escribe para denunciar, escribe por placer, escribe como impulsado por una fuerza extraña que lo lleva a tomar el papel..."
  “O la computadora"
  “En mi caso, el papel. Escribo con lápiz, me gusta ver cómo las palabras salen corriditas como si el lápiz tuviera algo de mágico..."
  "¿Y también...?”
  “Perdón que lo interrumpa. También me gusta usar goma de borrar, al viejo estilo.”
  “Celina, nos decía que un escritor se siente impulsado por una fuerza extraña."
  “No sé si a todos los escritores les pasará lo mismo. No lo sé...”
 Celina susurró, mientras tomaba otro poco de té.
  - ¡Qué horrible! ¡Qué papelón! Soy un desastre. Cómo pude haber dicho... Debí decir que las razones que llevan a escribir pueden ser tantas como escritores hay. Que yo escribo porque me gusta... poemas y cuentos para mis hijos cuando eran chicos. Poemas que publiqué cuando hice aquel seminario en el 65 o aquel concurso en el 72.
 El periodista en la radio la interrumpió.
  “...con buen elogio de la crítica. "Como una sombra" es una novela corta que nos habla un poco del desencanto. ¿Es una novela con un fondo romántico?”
  “Los personajes de la novela son personajes desencantados y románticos a la vez, en la búsqueda de un mundo que no llega, solitarios..."
  - Claro que sí - pensó Celina - solitarios.
 Sonó el teléfono.
  “Usted nos decía, fuera de micrófonos, que su otra profesión es la de Asistente Social, cómo fue que..."
 Volvió a sonar el teléfono.
  - Que atienda el contestador - pensó. - Ahora no estoy para hablar de las enfermedades de mi tía Julia. ¡Pobre tía!
  “...escribiendo poemas" decía la voz de Celina en la radio.
  “Precisamente, su segundo libro de poemas ganó el Premio Especial del concurso realizado en 1972 por el...”
 El teléfono seguía sonando.
  - ¡Dios mío! - pensó Celina - ¿Tendré que atender?
 Oyó el clic de contestador que realizaba su labor.
  “Enseguida regresamos a "Hoy conversamos de..." Nos acompaña la escritora Celina Cáceres."
 Justo cuando comenzaba la tanda comercial oyó la voz de su hijo en el contestador. Se encaminó hasta el living.
 Se detuvo, escuchando.
  - Mamá, soy Jorge. Te llamo porque quería saber el día y la hora de tu entrevista en la radio. Avisame. Hasta luego.
  - No lo puedo creer - dijo Celina para sí. - Este muchacho.
 Y en voz alta dirigiéndose al contestador añadió
  - Ahora, Jorge. La entrevista es ahora y estoy segura de que te lo dije. Hasta luego. Besos.
 Meneó la cabeza, se sonrió y volvió a la cocina, justo cuando se retomaba la entrevista.
  “Celina Cáceres, escritora uruguaya, nos visita hoy a propósito de su última publicación "Como una sombra". Celina , hablamos de una larga trayectoria como escritora y de su profesión de Asistente Social, una tarea a la que dedicaba, nos contaba que se jubiló como tal, tarea a la que dedicaba, decíamos, también parte, horas de su vida."
  “Sí, claro. Mi esposo y yo trabajamos muchas horas, siempre, para mantener la casa. Mi vida no es de esas espectaculares, de escritor de best- sellers. Lo digo sin resentimiento de ningún tipo. Mi vida es como la de cualquier mujer que debió trabajar, cuidar la casa, criar hijos y, afortunadamente ahora ayudar en el cuidado de tres nietos adorables.”
  "¿Es difícil, trabajar horas fuera de la casa...?”
  “Y horas dentro de la casa."
  “Claro que sí. Atender una familia, como usted decía. Y escribir. ¿Cuándo? ¿En qué momento? ¿Cómo se encuentra la inspiración?”
  “La inspiración está en la vida misma. Mi profesión me llevó a conocer muchas realidades. Algunas muy duras. En cuanto al momento, hay que procurarlo. Se puede. Por otra parte ahora tengo más tiempo que antes. Son los privilegios de envejecer."
 Celina oyó su propia risa breve y alegre y la del periodista, a través de la radio y sonrió. Esa era una de las cosas en las que creía firmemente. La jubilación la había dejado con menos plata pero ¡por suerte! con más tiempo.
  “Los personajes, y así volvemos a "Como una sombra", ¿son recogidos de esas realidades que le tocó conocer?"
Celina recogió la taza. Tiró el té sobrante en la pileta. Sacudió el mantelito. Lo dobló.
  No escuchaba la radio. Pensaba y la memoria la llevó a esas tantas veces en que no tuvo tiempo para tomar un lápiz y un papel.
  ¡Cuánto tiempo pasó sin escribir!
  Sin embargo se acordaba que cuando Gabriela era chiquita había escrito los "Poemas de la noche" que había llamado así cuando muchas horas en la madrugada de lejanos días no había dormido cuidándola de una molesta eruptiva.
 Se acordaba de lo tímido que era Jorge en la escuela y cómo se había puesto colorado cuando la maestra de cuarto año la había invitado a la clase para presentarla, a los niños, como la autora de aquel poema que estaban estudiando. Porque ella era para Jorge, eso, la mamá. Los escritores eran otros.
 La voz del periodista, joven y vehemente, sacó a Celina de sus pensamientos.
 " ''Como una sombra'' se ha convertido en un éxito y el nombre de Celina Cáceres está, hoy por hoy, en casi todas las librerías. Cómo vive ese éxito?"
  “Con una inmensa alegría, claro. Con calma, también. A veces los éxitos son muy fugaces."
  “Celina, un mensaje para las mujeres que nos escuchan."
  “Yo no quiero discriminar, ni discriminarme. No hay un mundo de hombres y otro de mujeres. No hay un mundo de escritores y otro de escritoras. Tal vez haya visiones diferentes del mundo, del mundo que es de todos. Juntos. ¿Mi mensaje? La vida empieza siempre."
 Celina pensó
  - Debí decirles a todas las mujeres, que podemos, que somos fuertes, que estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos, nos reconozcan o nos desprecien, nos castiguen, nos idolatren o nos usen, somos tan indispensables como los hombres, que tenemos nuestros propios perfiles, que no debemos perder de vista...
 Sonó el teléfono. Celina pensó inmediatamente, ¿será Gabriela o Alberto? ¿Qué dirán? ¿Les habrá gustado?
 Corrió a atender
  -Hola... ¿Cómo estás, Julia? ¿Cómo amaneciste?...Sí, claro. Te tenés que cuidar... y... un poco el reuma. Tenés que tratar de caminar un poco. Claro, tía. Decile a Mónica que te acompañe y das una vueltita antes de que se vaya.... No, mañana no podemos ir. Vienen los chiquilines a comer. A lo mejor vamos con Alberto un ratito esta noche y conversamos. Bueno...bueno...Claro, sí...  No, no, nada importante. Venía de hacer los mandados. Estoy arreglando un poquito. No, Alberto está trabajando. Viene luego a almorzar. Bueno, tía...quedate tranquila... sí... nos vemos luego. Un besito. Chau.
 Cortó. Miró hacia la cocina y vio el carrito de la feria esperándola.
 Llegó cuando el periodista decía:
  “Continuamos en la mañana de su radio para pasar revista a los mejores espectáculos del fin de semana"
 Celina se puso el delantal. Empezaría por lavar las frutas.




Setiembre, 1997
(de “ESCENAS” - 12 relatos con mujeres)
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