Otro cuento para enero. Lo escribí en 1997 para el libro "Escenas - 12 relatos con mujeres"
EL ESPEJO
EL ESPEJO
"Caras
y romances".
Mariana
pasó la hoja.
"Los
clips más vistos." "Ámame. El nuevo éxito de..."
Cerró
la revista. La puso sobre su pecho y sobre ella apoyó las manos
entrelazadas. Se quedó unos segundos así, quieta, acostada boca
arriba en la cama de su habitación, mirando el techo blanco. No
tenía ganas de levantarse y tampoco de estar ahí.
Tampoco
quería pensar. Hubiera deseado estar lejos pero estaba en su casa,
aburriéndose sola. Su madre no la dejaba salir sin avisarle y por
otra parte, ¿adónde iba a ir? Su mejor amiga, Fernanda, había
salido con la tía y los primos.
Otra
amiga cerca no tenía.
Pondría
la radio. No. Mejor escuchar un casete...ver la tele... jugar en la
compu...
¿Por
qué sería que la hora de la siesta era siempre tan aburrida?
A
lo mejor cuando volviera su madre iban un rato a la playa.
Cerró
los ojos aunque no quería dormir.
Un
suave soplo caliente entró por la ventana, recorrió el dormitorio y
escapó por la puerta entreabierta.
Desde
afuera llegaban voces de chiquilines, gritos, risas, silbidos,
pelotazos...
Un
perro ladraba.
En
la casa de al lado alguien bajó una persiana.
La
madre de Ignacio y de Manuel les ordenó entrar..." que el sol
está muy malo a esta hora".
De
a poco, la calle se fue quedando sin palabras para llenarse del
sonido del viento entre los árboles frondosos y pequeños crujidos
de madera reseca.
Ya
no había ladridos.
Se
acordó de cuando vivía en la otra casa y siempre se escuchaba cómo
pasaban los autos, los camiones...
Entonces
no la dejaban jugar en la calle y tenía que esperar al domingo para
andar en bicicleta por la vereda.
La
bicicleta rosada con las rueditas atrás... se la habían dejado los
Reyes... había aprendido a andar con papá...
Era
lindo ser chico.
A
veces le gustaba ser todavía una niña y sentía unas ganas muy
fuertes de jugar con sus muñecas. Pero jugar ya no era igual que
antes. La magia ya no estaba y a veces... le daba vergüenza. ¡Qué
iban a pensar de ella! Con todo, de repente se encerraba en el cuarto
y sin que la vieran sacaba de una bolsa de nailon guardada en el
fondo del placard las últimas muñecas que hace tiempo le habían
regalado y sentía una cosa... le gustaba y a la vez se ponía
triste, tan triste...
Tener
muñecos de peluche, sí. Todas tenían. Eran un regalo corriente. No
estaba mal.
Mañana
era el día de Reyes.
Antes
escribía cartas a Melchor, Gaspar y Baltasar.
Qué
lindo era despertarse temprano y correr a ver qué había en los
zapatos...
Todavía
era lindo recibir regalos pero no era igual. Antes estaban papá y
mamá. Antes de que se separaran. Sabía que ella en eso no tenía
que ver y que no era culpable, aunque al principio lo había pensado
muchas veces y otras tantas le habían explicado que la querían
mucho pero que cada uno debía seguir su camino para ser feliz y
sentirse mejor. Ella también quería ser feliz y también los quería
a los dos pero secretamente los imaginaba juntos.
No
iba a casarse, nunca, ya lo tenía decidido.
Abrió
los ojos.
Dejó
la revista en el piso y se sentó en la cama con las piernas
recogidas.
Se
acomodó el cabello con ambas manos. Necesitaba algo para sujetarlo
en una cola. Hacía calor.
Se
levantó.
Dio
un paso hasta el placard. Corrió una puerta y abrió un cajón donde
guardaba una multitud de cosas: invitaciones viejas de cumpleaños,
unas fotos de anteriores grupos de la escuela, lápices, una caja
pequeña de madera que le había regalado una de las abuelas "para
tus cositas", con caravanas, anillos y colgantes, por otro lado,
boletos de ómnibus, una libreta con números de teléfono, algunos
recuerdos de fiestas, un par de guantes de cuando era chiquita, una
bolsa de nailon con caracolitos y piedritas de veranos pasados, mazos
de cartas españolas y francesas, una flauta dulce y esas postales
que su papá le había enviado desde Brasil algunos años atrás.
Allí estaba el broche azul grande, dos vinchas, un colero elástico
rojo...
Revolvía
todo aquello sin piedad, con premura.
El
cabello lacio, castaño y sedoso caía a los lados de la cara aunque
ella se empeñara en tirarlo hacia atrás.
De
repente los ojos de Mariana aparecieron dentro del cajón flanqueados
por un peine y unas llaves viejas enhebradas con lana amarilla.
Sonrió
y mientras con una mano apartaba lo accesorio con la otra levantó un
espejo de forma circular y de tamaño no mucho mayor que la palma de
su mano. En otro tiempo había tenido un mango y el revés había
lucido unas florcitas de colores vivos sobre el fondo rosado pálido.
Quedó
mirándose.
Ese
espejo había venido en un juego que le había comprado su padre
cuando tenía siete u ocho.
Cuánto
hacía que no lo veía. Era tan lindo... Traía además un cepillo,
un peine, un lápiz de labios que pintaba de verdad y un collar de
cuentas de colores. ¿Dónde estarían todas esas cosas?
El
teléfono sonó en el comedor.
Mariana
dejó el espejo sobre la cama y se dirigió a atender.
-
Hola.
-
¿Nani? Mamá, habla. ¿Cómo estás?
-
Bien.
-
¿Qué estas haciendo?
-
Nada.
-
Quería avisarte que voy a llegar más tarde. Como a las siete o
siete y media.
-
Dijiste que a lo mejor íbamos a la playa.
-
Pero no puedo. Un cliente me llamó que tiene un problema con la DGI
y necesita que lo asesore.
-
Tá.
-
Nani, otra cosa. ¿Fue Esther?
-
Sí.
-
¿Limpió lo que le pedí?
-
No sé.
-
¡Cómo, no sabés! ¿No estabas ahí?
-
No sé. Yo estaba mirando la tele.
-
¿Te bañaste?
-
No. Me baño después. Pensé que íbamos a ir a la playa...
- A
lo mejor vas mañana. Papá llamó. Te va a pasar a buscar de tarde
para ir a lo de la abuela Elsa.
-
¿Y a qué hora voy a ir a la playa? ¿Y si vamos de mañana?
-
Pero mañana es día de Reyes.
-
Por eso...no trabajás...supongo.
-
Bueno, después hablamos.
-
Ya sé que no vamos nada.
-
Mirá, Mariana, entendé. Ahora tengo que cortar. Si querés agarrá
plata del monedero de la cocina y comprate unos bizcochos. Tomá la
leche. Tené cuidado en la calle. Cerrá bien cuando vayas a la
panadería y cerrá después...
-
Ya sé. Todos los días me decís lo mismo. ¿Te creés que soy
idiota? No soy una enferma...
-
No. Pero sos chica todavía. No abras la puerta a nadie.
-
Bueno. Si viene el Tata lo dejo afuera.
-
¡Muy chistosa! Un beso. Tené cuidado.
-
Chau, ma. No demores. Me embolo acá sola.
-
Hablá bien, Mariana. No te cuesta nada. Hasta luego.
-
Ché, ma: si veo a Fernanda ¿puedo ir a la casa?
-
No sé, mi amor. Prefiero que vayan para casa. Chau, chau. Beso.
Mariana
colgó y regresó a su dormitorio.
Se
detuvo en la puerta.
El
placard abierto y el cajón salido. De la cama, colocada contra una
de las paredes, caía la colcha arrugada. En esa misma pared,
sobre la cama, tres estantes con libros, casetes y compactos y
algunos muñecos de peluche. En el piso, una ojota, revistas y
almohadones, el walkman, el radiocasetero, el reloj de pulsera y una
portátil sobre la mesita de luz en un equilibrio en apariencia
imposible.
En
una esquina, una mesa para computadora con el monitor y el teclado y
una silla de madera plegable en cuyo respaldo esperaban las dos
piezas de un traje de baño estampado y un bolso de tela lleno de
cosas.
-
Antes de que llegue mamá, arreglo - pensó Mariana.
Sacó
el colero rojo del cajón y se recogió el cabello.
Se
sentó con desgano en el borde la cama y la mirada encontró el
reflejo claro y fresco del espejito del mango roto.
Mariana
lo tomó y se encontró en él.
Hizo
una mueca y le sacó la lengua. Después se observó la piel del
rostro buscando acné.
-
Podría maquillarme...
Caminó
hasta el baño. Buscó en uno de los cajones del mueble junto al
lavarropas el estuche de cosméticos de su madre. Abrió el cierre y
desparramó todo. Base líquida en dos tonos, colorete, rimel,
delineador, una cajita de sombras compactas, algunas en barra, otras
en pote, una crema para párpados, dos cepillitos y una pinza de
cejas, tres o cuatro lápices labiales claros y oscuros, brillo
líquido para labios, polvo compacto, una bolsita con motas de
algodón, un pequeño frasco con demaquillante ...
Mariana
eligió con cuidado qué iba a usar y lo agrupó apartado de lo
demás.
Giró
y se enfrentó al espejo del botiquín.
Se
maquillaría como Federica Cose, la top model argentina que salía en
todas la revistas.
Casi
la veía en el espejo.
Un
poco de base para parecer bronceada...
Delineador
para párpados...
Color
en las mejillas...
Delineador
de labios... lápiz labial... este... "Hotsand"...
Se
miró de frente y luego, acomodando las alas laterales del botiquín,
se observó de perfil.
Faltaba
acomodarse el cabello.
Con
esmero, luego de soltárselo, lo cepilló hasta desenredarlo por
completo. Cada tanto lo acariciaba todo a lo largo desde la
coronilla. Le gustaba sentirlo suave al tacto, también cuando lo
llevaba suelto y le rozaba la espalda o hacerlo balancear a un lado y
otro cuando lo llevaba atado en una cola o después de lavarlo cuando
quedaba como encerado y goteante aunque su madre insistiera en que
debía secarlo con secador.
Agitó
la cabeza moviendo la melena y la acomodó de manera que algunos
cabellos vinieran sobre la cara.
Inclinó
el mentón, entrecerró los ojos y frunció los labios buscando una
pose fotográfica.
Luego
buscó otras.
Recogía
y soltaba el cabello, alternando el uso del colero para hacer un
moño, una cola alta...
Faltaba
algo. La camiseta blanca y el short con florcitas no pegaban, ni
tampoco los championes bordados.
Entró
al cuarto de su madre. Estaba fresco y en sombra con la persiana casi
baja. Flotaba, casi imperceptible, el perfume de ella.
Abrió
el placard y buscó en los estantes.
Parada
en puntas de pie trataba de encontrar algo.
Luego
miró en el colgador. Chaquetas, polleras, blusas... La otra puerta.
El vestido negro de fiesta...la blusa de encaje... ¡esa!
La
descolgó y tiró sobre la cama.
La
pollera negra del tajo largo... ¡esa!
Zapatos.
Abrió un cajón de abajo.
Sandalias.
Las más altas.
Cerró
la puerta del cuarto para poder verse en el espejo largo que colgaba
detrás.
Se
quitó la camiseta y rápidamente, para no ver que sus senos no
habían crecido tanto como hubiera deseado, se puso la blusa.
Desabrochó
el pantaloncito que cayó a sus pies hecho un montón sin forma.
Luego
se enfundó en la pollera que le llegaba casi a los tobillos. Por el
tajo hizo asomar una pierna.
Se
descalzó sin desanudar los cordones y ayudando un pie con otro.
Caminó
y se sentó en la cama para ponerse las sandalias.
Era
difícil caminar y se resbalaba un poco en el piso encerado.
Abrió
el primer cajón de la cómoda y sacó de una caja de madera unas
caravanas doradas y el anillo que le gustaba, el que era un aro con
piedritas brillantes.
Se
miró en el espejo.
Desplegó
una ancha sonrisa y echó la cabeza hacia atrás con risa inaudible.
Avanzó
y retrocedió. Dio una vuelta.
Bailó
al compás de una música interior.
Flashes
de fotógrafos, aplausos...
En
su cabeza oía: " Mariana Martínez nos acompaña en esta noche.
La modelo que es la novia de..."
Se
detuvo. ¿De quién podía ser la novia?
-
Ya sé. Del tipito morocho que hace de bueno en "Más allá de
ti".
Cerró
los ojos para besarlo...
Desde
el living llegó, débil, la campanilla del teléfono.
Mariana
Martínez salió del cuadro del espejo y desapareció.
Mariana
caminó insegura y medio tambaleante hasta llegar a atender.
-
¿Nani? ¿Qué pasó que no atendías? ¿Estabas durmiendo?
-
No, ma. Estoy despierta.
-
Escuchame. Yo ya liquidé acá y la persona que iba a venir no viene.
Me llama esta noche a casa.
Mariana
se miró.
Las
mejillas se le acaloraron bajo el colorete y el corazón comenzó a
latirle más rápido.
-
¡Hola! ¿Mariana? ¿Oís?
-
Sí.
-
¿No decís nada? Tenía pensado que fuéramos al shopping a dar una
vuelta. A lo mejor elegís algo... Podemos tomar un helado... o de
repente salir cuando esté más fresquito, más tarde. ¿Qué decís?
-
Bien... bárbaro... ¿ya venís para acá?
-
Sí, claro. Tardaré como siempre, tres cuartos de hora, más o
menos. Cuando yo llegue nos bañamos y salimos... Bueno, cuando
llegue, vemos. Andá bañándote ahora, si querés. Hasta luego, mi
amor.
-
Sí. Tá. Pero...no te preocupes, no vengas corriendo. Mirá que yo
estoy bien y además hace calor para salir temprano... No te
apures...
-
¿Está Fernanda ahí?
-
No. ¿Por?
-
Nada. Tené cuidado. Chau, Nani.
-Chau.
Mariana
colgó. Miró el reloj sobre una biblioteca en el living. Tenía poco
tiempo.
-
Si no arreglo, me mata.
Caminó
lo más rápido que pudo, tambaleando sobre los tacos, hasta el
dormitorio de la madre.
Antes
de que llegara sonó el timbre de la entrada.
Quedó
paralizada pero reaccionó al instante.
“¡Qué
idiota! Mamá no puede ser. ¿Será Fernanda? Ojalá, así me ayuda.”
Regresó
hasta la puerta diciendo en voz alta antes de llegar
-¿Quién?
-
El Tata, Nani. Abrime.
-¿Y
ahora? - pensó. - No lo puedo dejar afuera. Le digo que me estoy
bañando... que espere.
Mariana
se miró: las sandalias, la pollera, la blusa... pero ¿el
maquillaje?
Sonaron
tres golpes en la puerta.
-
Nani...
-
Voy...
-
Nani, ¡qué pasa!
-
Te abro.
Mariana
se mordió el labio inferior, cerró los ojos, se sacó las
"mentiras" de los nudillos, soltó con fuerza el aire de
los pulmones y tomó el picaporte.
Abrió.
El
abuelo iba a hablar pero se detuvo.
Se
observaron en silencio.
Por
fin, el abuelo sonrió y mientras cerraba dijo
-
Hola, Cristina. ¡Qué cambiada estás! Te estás pareciendo mucho a
Mariana, tu hija.
-
Abuelo... yo estaba jugando...
- Y
está bien. Lo único es si tu madre te deja que te pongas la ropa de
ella... y que te pintes...
-
Tata...yo estaba aburridísima.
-
Me imagino. Yo te iba a invitar a ir a la playa, si tu madre te deja.
-
Me voy a cambiar.
-
Yo no tengo apuro.
-
Esperá.
-
Andá tranquila que no me voy.
Mariana
regresó al dormitorio de su madre y cerró la puerta.
El
espejo le devolvió su imagen.
Federica
Cose había vuelto a las revistas y la famosa Mariana Martínez ya
no estaba.
Ahí
estaba Mariana. Solo Mariana vestida como mamá. Nani con la cara
arrebatada de calor.
Con
cuidado, para no ensuciarla con el maquillaje, se quitó la ropa que
le era ajena y se puso la propia.
Se
despojó del anillo y las caravanas.
Luego
guardó las cosas de mamá, tratando de dejar todo, exactamente, en
su lugar.
Alisó
la colcha de la cama y dio un vistazo antes de salir.
En
el baño, recogió los cosméticos y los guardó en su estuche.
Abrió
el botiquín para sacar la crema demaquillante.
En
un cajón buscó un peine. Se alisó el cabello y lo recogió en una
cola bien tirante.
El
maquillaje fue desapareciendo del rostro serio de Mariana.
Pañuelos
desechables y algodón se lo llevaron casi todo. Un poco de agua y
jabón hizo el resto.
Le
quedaba su cuarto.
Salió
del baño.
Cuando
entró a su habitación, la encontró casi totalmente arreglada y a
su abuelo sentado en su cama. Sostenía en una mano el pequeño
espejo sin mango.
-¿Qué
hacés? - preguntó Mariana.
-
Pensaba.
-
¿Qué pensabas?- dijo Mariana mientras se sentaba junto a su abuelo
y apoyaba la cabeza en su hombro.
-
Me acordaba de tu madre cuando era chica.
-
¿Le vas a contar que me puse la ropa de ella y que me pinté sin
permiso?
-
No. No soy un estómago resfriado.
-
¿Un qué?
-
Un cuentero.
-
Un botón.
-
No soy "botón" y por otra parte ¿qué le voy a decir?
El
abuelo se puso de pie.
Dejó
el espejito boca abajo sobre las revistas para jovencitas que a
Mariana le gustaban.
La
miró y dijo sonriendo:
-
No es malo querer parecerse a la mamá.
Mariana
le devolvió la mirada y la sonrisa y replicó
-
Mamá es más linda que Federica Cose.
Graciela
Balparda – 1997
En
“Escenas – 12 relatos con mujeres”