martes, 22 de enero de 2013

El espejo


Otro cuento para enero. Lo escribí en 1997 para el libro "Escenas - 12 relatos con mujeres"

EL ESPEJO


"Caras y romances".
Mariana pasó la hoja.
"Los clips más vistos." "Ámame. El nuevo éxito de..."
Cerró la revista. La puso sobre su pecho y sobre ella apoyó las manos entrelazadas. Se quedó unos segundos así, quieta, acostada boca arriba en la cama de su habitación, mirando el techo blanco. No tenía ganas de levantarse y tampoco de estar ahí.
Tampoco quería pensar. Hubiera deseado estar lejos pero estaba en su casa, aburriéndose sola. Su madre no la dejaba salir sin avisarle y por otra parte, ¿adónde iba a ir? Su mejor amiga, Fernanda, había salido con la tía y los primos.
Otra amiga cerca no tenía.
Pondría la radio. No. Mejor escuchar un casete...ver la tele... jugar en la compu...
¿Por qué sería que la hora de la siesta era siempre tan aburrida?
A lo mejor cuando volviera su madre iban un rato a la playa.
Cerró los ojos aunque no quería dormir.
Un suave soplo caliente entró por la ventana, recorrió el dormitorio y escapó por la puerta entreabierta.
Desde afuera llegaban voces de chiquilines, gritos, risas, silbidos, pelotazos...
Un perro ladraba.
En la casa de al lado alguien bajó una persiana.
La madre de Ignacio y de Manuel les ordenó entrar..." que el sol está muy malo a esta hora".
De a poco, la calle se fue quedando sin palabras para llenarse del sonido del viento entre los árboles frondosos y pequeños crujidos de madera reseca.
Ya no había ladridos.
Se acordó de cuando vivía en la otra casa y siempre se escuchaba cómo pasaban los autos, los camiones...
Entonces no la dejaban jugar en la calle y tenía que esperar al domingo para andar en bicicleta por la vereda.
La bicicleta rosada con las rueditas atrás... se la habían dejado los Reyes... había aprendido a andar con papá...
Era lindo ser chico.
A veces le gustaba ser todavía una niña y sentía unas ganas muy fuertes de jugar con sus muñecas. Pero jugar ya no era igual que antes. La magia ya no estaba y a veces... le daba vergüenza. ¡Qué iban a pensar de ella! Con todo, de repente se encerraba en el cuarto y sin que la vieran sacaba de una bolsa de nailon guardada en el fondo del placard las últimas muñecas que hace tiempo le habían regalado y sentía una cosa... le gustaba y a la vez se ponía triste, tan triste...
Tener muñecos de peluche, sí. Todas tenían. Eran un regalo corriente. No estaba mal.
Mañana era el día de Reyes.
Antes escribía cartas a Melchor, Gaspar y Baltasar.
Qué lindo era despertarse temprano y correr a ver qué había en los zapatos...
Todavía era lindo recibir regalos pero no era igual. Antes estaban papá y mamá. Antes de que se separaran. Sabía que ella en eso no tenía que ver y que no era culpable, aunque al principio lo había pensado muchas veces y otras tantas le habían explicado que la querían mucho pero que cada uno debía seguir su camino para ser feliz y sentirse mejor. Ella también quería ser feliz y también los quería a los dos pero secretamente los imaginaba juntos.
No iba a casarse, nunca, ya lo tenía decidido.
Abrió los ojos.
Dejó la revista en el piso y se sentó en la cama con las piernas recogidas.
Se acomodó el cabello con ambas manos. Necesitaba algo para sujetarlo en una cola. Hacía calor.
Se levantó.
Dio un paso hasta el placard. Corrió una puerta y abrió un cajón donde guardaba una multitud de cosas: invitaciones viejas de cumpleaños, unas fotos de anteriores grupos de la escuela, lápices, una caja pequeña de madera que le había regalado una de las abuelas "para tus cositas", con caravanas, anillos y colgantes, por otro lado, boletos de ómnibus, una libreta con números de teléfono, algunos recuerdos de fiestas, un par de guantes de cuando era chiquita, una bolsa de nailon con caracolitos y piedritas de veranos pasados, mazos de cartas españolas y francesas, una flauta dulce y esas postales que su papá le había enviado desde Brasil algunos años atrás. Allí estaba el broche azul grande, dos vinchas, un colero elástico rojo...
Revolvía todo aquello sin piedad, con premura.
El cabello lacio, castaño y sedoso caía a los lados de la cara aunque ella se empeñara en tirarlo hacia atrás.
De repente los ojos de Mariana aparecieron dentro del cajón flanqueados por un peine y unas llaves viejas enhebradas con lana amarilla.
Sonrió y mientras con una mano apartaba lo accesorio con la otra levantó un espejo de forma circular y de tamaño no mucho mayor que la palma de su mano. En otro tiempo había tenido un mango y el revés había lucido unas florcitas de colores vivos sobre el fondo rosado pálido.
Quedó mirándose.
Ese espejo había venido en un juego que le había comprado su padre cuando tenía siete u ocho.
Cuánto hacía que no lo veía. Era tan lindo... Traía además un cepillo, un peine, un lápiz de labios que pintaba de verdad y un collar de cuentas de colores. ¿Dónde estarían todas esas cosas?
El teléfono sonó en el comedor.
Mariana dejó el espejo sobre la cama y se dirigió a atender.
- Hola.
- ¿Nani? Mamá, habla. ¿Cómo estás?
- Bien.
- ¿Qué estas haciendo?
- Nada.
- Quería avisarte que voy a llegar más tarde. Como a las siete o siete y media.
- Dijiste que a lo mejor íbamos a la playa.
- Pero no puedo. Un cliente me llamó que tiene un problema con la DGI y necesita que lo asesore.
- Tá.
- Nani, otra cosa. ¿Fue Esther?
- Sí.
- ¿Limpió lo que le pedí?
- No sé.
- ¡Cómo, no sabés! ¿No estabas ahí?
- No sé. Yo estaba mirando la tele.
- ¿Te bañaste?
- No. Me baño después. Pensé que íbamos a ir a la playa...
- A lo mejor vas mañana. Papá llamó. Te va a pasar a buscar de tarde para ir a lo de la abuela Elsa.
- ¿Y a qué hora voy a ir a la playa? ¿Y si vamos de mañana?
- Pero mañana es día de Reyes.
- Por eso...no trabajás...supongo.
- Bueno, después hablamos.
- Ya sé que no vamos nada.
- Mirá, Mariana, entendé. Ahora tengo que cortar. Si querés agarrá plata del monedero de la cocina y comprate unos bizcochos. Tomá la leche. Tené cuidado en la calle. Cerrá bien cuando vayas a la panadería y cerrá después...
- Ya sé. Todos los días me decís lo mismo. ¿Te creés que soy idiota? No soy una enferma...
- No. Pero sos chica todavía. No abras la puerta a nadie.
- Bueno. Si viene el Tata lo dejo afuera.
- ¡Muy chistosa! Un beso. Tené cuidado.
- Chau, ma. No demores. Me embolo acá sola.
- Hablá bien, Mariana. No te cuesta nada. Hasta luego.
- Ché, ma: si veo a Fernanda ¿puedo ir a la casa?
- No sé, mi amor. Prefiero que vayan para casa. Chau, chau. Beso.
Mariana colgó y regresó a su dormitorio.
Se detuvo en la puerta.
El placard abierto y el cajón salido. De la cama, colocada contra una de las paredes, caía la colcha arrugada. En esa misma pared, sobre la cama, tres estantes con libros, casetes y compactos y algunos muñecos de peluche. En el piso, una ojota, revistas y almohadones, el walkman, el radiocasetero, el reloj de pulsera y una portátil sobre la mesita de luz en un equilibrio en apariencia imposible.
En una esquina, una mesa para computadora con el monitor y el teclado y una silla de madera plegable en cuyo respaldo esperaban las dos piezas de un traje de baño estampado y un bolso de tela lleno de cosas.
- Antes de que llegue mamá, arreglo - pensó Mariana.
Sacó el colero rojo del cajón y se recogió el cabello.
Se sentó con desgano en el borde la cama y la mirada encontró el reflejo claro y fresco del espejito del mango roto.
Mariana lo tomó y se encontró en él.
Hizo una mueca y le sacó la lengua. Después se observó la piel del rostro buscando acné.
- Podría maquillarme...
Caminó hasta el baño. Buscó en uno de los cajones del mueble junto al lavarropas el estuche de cosméticos de su madre. Abrió el cierre y desparramó todo. Base líquida en dos tonos, colorete, rimel, delineador, una cajita de sombras compactas, algunas en barra, otras en pote, una crema para párpados, dos cepillitos y una pinza de cejas, tres o cuatro lápices labiales claros y oscuros, brillo líquido para labios, polvo compacto, una bolsita con motas de algodón, un pequeño frasco con demaquillante ...
Mariana eligió con cuidado qué iba a usar y lo agrupó apartado de lo demás.
Giró y se enfrentó al espejo del botiquín.
Se maquillaría como Federica Cose, la top model argentina que salía en todas la revistas.
Casi la veía en el espejo.
Un poco de base para parecer bronceada...
Delineador para párpados...
Color en las mejillas...
Delineador de labios... lápiz labial... este... "Hotsand"...
Se miró de frente y luego, acomodando las alas laterales del botiquín, se observó de perfil.
Faltaba acomodarse el cabello.
Con esmero, luego de soltárselo, lo cepilló hasta desenredarlo por completo. Cada tanto lo acariciaba todo a lo largo desde la coronilla. Le gustaba sentirlo suave al tacto, también cuando lo llevaba suelto y le rozaba la espalda o hacerlo balancear a un lado y otro cuando lo llevaba atado en una cola o después de lavarlo cuando quedaba como encerado y goteante aunque su madre insistiera en que debía secarlo con secador.
Agitó la cabeza moviendo la melena y la acomodó de manera que algunos cabellos vinieran sobre la cara.
Inclinó el mentón, entrecerró los ojos y frunció los labios buscando una pose fotográfica.
Luego buscó otras.
Recogía y soltaba el cabello, alternando el uso del colero para hacer un moño, una cola alta...
Faltaba algo. La camiseta blanca y el short con florcitas no pegaban, ni tampoco los championes bordados.
Entró al cuarto de su madre. Estaba fresco y en sombra con la persiana casi baja. Flotaba, casi imperceptible, el perfume de ella.
Abrió el placard y buscó en los estantes.
Parada en puntas de pie trataba de encontrar algo.
Luego miró en el colgador. Chaquetas, polleras, blusas... La otra puerta. El vestido negro de fiesta...la blusa de encaje... ¡esa!
La descolgó y tiró sobre la cama.
La pollera negra del tajo largo... ¡esa!
Zapatos. Abrió un cajón de abajo.
Sandalias. Las más altas.
Cerró la puerta del cuarto para poder verse en el espejo largo que colgaba detrás.
Se quitó la camiseta y rápidamente, para no ver que sus senos no habían crecido tanto como hubiera deseado, se puso la blusa.
Desabrochó el pantaloncito que cayó a sus pies hecho un montón sin forma.
Luego se enfundó en la pollera que le llegaba casi a los tobillos. Por el tajo hizo asomar una pierna.
Se descalzó sin desanudar los cordones y ayudando un pie con otro.
Caminó y se sentó en la cama para ponerse las sandalias.
Era difícil caminar y se resbalaba un poco en el piso encerado.
Abrió el primer cajón de la cómoda y sacó de una caja de madera unas caravanas doradas y el anillo que le gustaba, el que era un aro con piedritas brillantes.
Se miró en el espejo.
Desplegó una ancha sonrisa y echó la cabeza hacia atrás con risa inaudible.
Avanzó y retrocedió. Dio una vuelta.
Bailó al compás de una música interior.
Flashes de fotógrafos, aplausos...
En su cabeza oía: " Mariana Martínez nos acompaña en esta noche. La modelo que es la novia de..."
Se detuvo. ¿De quién podía ser la novia?
- Ya sé. Del tipito morocho que hace de bueno en "Más allá de ti".
Cerró los ojos para besarlo...
Desde el living llegó, débil, la campanilla del teléfono.
Mariana Martínez salió del cuadro del espejo y desapareció.
Mariana caminó insegura y medio tambaleante hasta llegar a atender.
- ¿Nani? ¿Qué pasó que no atendías? ¿Estabas durmiendo?
- No, ma. Estoy despierta.
- Escuchame. Yo ya liquidé acá y la persona que iba a venir no viene. Me llama esta noche a casa.
Mariana se miró.
Las mejillas se le acaloraron bajo el colorete y el corazón comenzó a latirle más rápido.
- ¡Hola! ¿Mariana? ¿Oís?
- Sí.
- ¿No decís nada? Tenía pensado que fuéramos al shopping a dar una vuelta. A lo mejor elegís algo... Podemos tomar un helado... o de repente salir cuando esté más fresquito, más tarde. ¿Qué decís?
- Bien... bárbaro... ¿ya venís para acá?
- Sí, claro. Tardaré como siempre, tres cuartos de hora, más o menos. Cuando yo llegue nos bañamos y salimos... Bueno, cuando llegue, vemos. Andá bañándote ahora, si querés. Hasta luego, mi amor.
- Sí. Tá. Pero...no te preocupes, no vengas corriendo. Mirá que yo estoy bien y además hace calor para salir temprano... No te apures...
- ¿Está Fernanda ahí?
- No. ¿Por?
- Nada. Tené cuidado. Chau, Nani.
-Chau.
Mariana colgó. Miró el reloj sobre una biblioteca en el living. Tenía poco tiempo.
- Si no arreglo, me mata.
Caminó lo más rápido que pudo, tambaleando sobre los tacos, hasta el dormitorio de la madre.
Antes de que llegara sonó el timbre de la entrada.
Quedó paralizada pero reaccionó al instante.
“¡Qué idiota! Mamá no puede ser. ¿Será Fernanda? Ojalá, así me ayuda.”
Regresó hasta la puerta diciendo en voz alta antes de llegar
-¿Quién?
- El Tata, Nani. Abrime.
-¿Y ahora? - pensó. - No lo puedo dejar afuera. Le digo que me estoy bañando... que espere.
Mariana se miró: las sandalias, la pollera, la blusa... pero ¿el maquillaje?
Sonaron tres golpes en la puerta.
- Nani...
- Voy...
- Nani, ¡qué pasa!
- Te abro.
Mariana se mordió el labio inferior, cerró los ojos, se sacó las "mentiras" de los nudillos, soltó con fuerza el aire de los pulmones y tomó el picaporte.
Abrió.
El abuelo iba a hablar pero se detuvo.
Se observaron en silencio.
Por fin, el abuelo sonrió y mientras cerraba dijo
- Hola, Cristina. ¡Qué cambiada estás! Te estás pareciendo mucho a Mariana, tu hija.
- Abuelo... yo estaba jugando...
- Y está bien. Lo único es si tu madre te deja que te pongas la ropa de ella... y que te pintes...
- Tata...yo estaba aburridísima.
- Me imagino. Yo te iba a invitar a ir a la playa, si tu madre te deja.
- Me voy a cambiar.
- Yo no tengo apuro.
- Esperá.
- Andá tranquila que no me voy.
Mariana regresó al dormitorio de su madre y cerró la puerta.
El espejo le devolvió su imagen.
Federica Cose había vuelto a las revistas y la famosa Mariana Martínez ya no estaba.
Ahí estaba Mariana. Solo Mariana vestida como mamá. Nani con la cara arrebatada de calor.
Con cuidado, para no ensuciarla con el maquillaje, se quitó la ropa que le era ajena y se puso la propia.
Se despojó del anillo y las caravanas.
Luego guardó las cosas de mamá, tratando de dejar todo, exactamente, en su lugar.
Alisó la colcha de la cama y dio un vistazo antes de salir.
En el baño, recogió los cosméticos y los guardó en su estuche.
Abrió el botiquín para sacar la crema demaquillante.
En un cajón buscó un peine. Se alisó el cabello y lo recogió en una cola bien tirante.
El maquillaje fue desapareciendo del rostro serio de Mariana.
Pañuelos desechables y algodón se lo llevaron casi todo. Un poco de agua y jabón hizo el resto.
Le quedaba su cuarto.
Salió del baño.
Cuando entró a su habitación, la encontró casi totalmente arreglada y a su abuelo sentado en su cama. Sostenía en una mano el pequeño espejo sin mango.
-¿Qué hacés? - preguntó Mariana.
- Pensaba.
- ¿Qué pensabas?- dijo Mariana mientras se sentaba junto a su abuelo y apoyaba la cabeza en su hombro.
- Me acordaba de tu madre cuando era chica.
- ¿Le vas a contar que me puse la ropa de ella y que me pinté sin permiso?
- No. No soy un estómago resfriado.
- ¿Un qué?
- Un cuentero.
- Un botón.
- No soy "botón" y por otra parte ¿qué le voy a decir?
El abuelo se puso de pie.
Dejó el espejito boca abajo sobre las revistas para jovencitas que a Mariana le gustaban.
La miró y dijo sonriendo:
- No es malo querer parecerse a la mamá.
Mariana le devolvió la mirada y la sonrisa y replicó
- Mamá es más linda que Federica Cose.
Graciela Balparda – 1997
En “Escenas – 12 relatos con mujeres”

domingo, 6 de enero de 2013

Un regalo para Baltasar

-->Un cuento para el Día de Reyes

UN REGALO PARA BALTASAR

Queridos Reyes Magos:
ya tengo casi siete años
este año les pido un camión de cargar como el que vi ayer
un juego de paletas
un juego electrónico de fútbol
y la bicicleta por favor si pueden este año
si no no importa
Firma: NACHO 

Nacho dobló la hoja, la puso dentro de un sobre de color azul y escribió en el
sobre: "Gaspar Melchor Baltasar" . Después dobló el sobre y se lo metió en un bolsillo.
- Ya vengo...! Salgo a la puerta a ver si está Javi.
- Llevá el sombrero - le gritó la abuela desde la cocina entre ruido de platos y ollas.
- Tá. Nacho salió al corredor y cerró la puerta.
El sol recalentaba la calle a la hora de la siesta.
No había nadie.
Nadie jugaba al fútbol, ni a nada. Casi no pasaban autos.
Nacho se había sentado en un filito de sombra que caía sobre un murito corto al costado del edificio junto al estacionamiento para autos y a un pedazo de campito donde jugaban al fútbol. Miraba las nubecitas blancas que pasaban por detrás de las antenas de televisión.
Le hubiera gustado estar en la playa... tirándos al agua. Se acordó de la pelota
para la playa del verano pasado. Los Reyes... Este año, en la escuela le habían dicho que los Reyes no existían. Le dijeron que los Reyes eran... pero no podía ser... Era lindo creer. Cuando le preguntó a mamá ella le dijo - Los Reyes son lo que son... unos magos - y se rió.
Recordaba que el abuelo había agregado algo como que había que ser mago para comprar juguetes... y que la abuela le había dicho que se callara.
Sacó la carta del bolsillo de la remera. La leyó otra vez. La guardó.
Pasado mañana llegaban los Reyes.
Se iba a quedar despierto toda la noche a ver si los veía. Más... se iba a hacer el dormido. En eso pensaba cuando llegó el abuelo.
- Qué calor! -resopló el abuelo.
Nacho lo miró.
- Los Reyes... -dijo.
- Otra vez, Nacho! -exclamó el abuelo dando un suspiro.
- ¿Cuántos años tienen? -insistió Nacho.
- Depende.
- ¿Depende?
- Mm... sí, muchos... una punta de años - dijo el abuelo- tantos que no se acuerdan ni ellos.
- ¿No se mueren? -preguntó Nacho.
- No.
- ¿No se aburren?
- No, no creo.
- ¿Por qué les dejamos agua y pasto a los camellos y a los Reyes no? -siguió Nacho.
- Será porque los Reyes no comen pasto - dijo riéndose el abuelo.
- ¡Noo! -dijo Nacho que no le veía la gracia - digo ¿por qué no le dejamos un regalo, entonces?
- ¿Un regalo para los Reyes? Ah! Nunca vi, che! Preguntale a tu madre cuando venga esta noche. Mucho calor acá, eh...! Y recién empieza. Mirá, allá viene tu amigo.
Javi venía con la pelota abajo del brazo derecho.
- Buenas - dijo cuando llegó - ¿Vamos, Nacho?
Ya de noche, comieron tarde en la casa de Nacho, con todas las ventanas abiertas.
Mamá contaba algo de un problema del trabajo a la abuela, papá le decía al abuelo que qué vergüenza lo de no sé qué que alguien había hecho y el hombre del informativo hablaba y hablaba en la tele.
Nacho los miró y pensó - ¡¿Cómo?! La abuela no sale nunca, el abuelo pasa acá o en lo de Juan, mi papá está todo el día trabajando y cuando viene mi cumpleaños mi mamá se vuelve loca: que la torta, la pizza... que no le da el tiempo, que no tiene plata...
- Los Reyes... - empezó a decir Nacho. Pero nadie lo oyó.
La noche del cinco de enero, Nacho se acostó temprano, nervioso y deseando que todos se fueran a dormir. Había preparado un regalo para los Reyes.
La idea era que él no debía dormirse... pero se durmió.
Un vientito suave hizo que la puerta del cuarto de Nacho, que era en realidad un cuartito levantado por el abuelo entre la cocina y el comedor, se moviera y rechinara.
Nacho abrió los ojos en la oscuridad de la noche.
Oyó ruido en el comedor.
Quería levantarse y no quería levantarse. Abrió mäs los ojos porque le parecía que así podía oír mejor.
Escuchó un ruido como de silla que golpeaba la mesa, un golpecito suave y el ruido de vidrios flojos que hacía el Arbolito cuando se le movían los chirimbolos.
Después, nada más.
Se levantó despacito, despacito, y caminó descalzo hasta la puerta de su dormitorio desde donde veía el comedor.
Se asomó. Casi se desmaya. Por las ventanas entraba un poco de luz que venía de
la calle.
Entonces vio. Vio. Vio parte de lo que había deseado ver. Ahí estaba esperán-dolo: ¡la bicicleta!
Sintió una alegría, una emoción, unas ganas de gritar; estaba tan nervioso que se olvidó de todo lo demás. Se metió en la cama y se tapó hasta la cabeza.
Amanecía. Nacho se despertó de un salto.
¡No! Se había olvidado de lo más importante. ¡Se había olvidado!
Voló de la cama.
Escuchó: nada. Nadie levantado.
Corrió al comedor.
La bicicleta todavía estaba ahí, verde y negra, ¡nuevita! Era... era...
Entonces Nacho se agachó y buscó algo en un rincón bajo el aparador y bajo la ventana.
Sin que nadie lo viera, ahí había dejado un alfajor que mamále había traído la noche anterior. Lo había envuelto en un papel. Había escrito una tarjetita que decía "PARA BALTASAR". Luego había pegado la tarjetita con cinta adhesiva al paquete.
El alfajor no estaba. En su lugar había un papelito. Lo tomó, lo abrió y leyó:
"A nosotros también nos gustan los alfajores"
Gaspar, Melchor y los camellos
Graciela Balparda
Ediciones ROSGAL - 1994