lunes, 11 de febrero de 2013

Palermo

-->Una mirada a las Llamadas de Carnaval de casi cuarenta años atrás.

PALERMO

I


 Febrero. Últimos días. Amanece. Las piezas del conventillo comienzan a desperezarse. El “Sapo” duerme todavía, se remueve en el catre, sueña ritmos. La cortina de nailon, llena de patos desteñidos de tanto nadar al sol, se mueve apenas detrás de los postigos descascarados, que hace años fueron grises.
 Un rumor crece por Isla de Flores: sillas del Municipio van amontonándose y son atadas con cadenas juntoa los árboles.
 La mañana está fresca y despejada; va a ser un lindo día para las llamadas.
- No sé por qué, pero dispués siempre termina en aguacero – murmura un negro viejo de tantos carnavales, mientras abre la puerta que da al corredor y, chancleteando en unas alpargatas bigotudas , va a buscar agua a la pileta de lavar del patio grande. 
- Oiga, abuelo. ¿Qué horas serán?
- Como las siete o siete y media – contesta mientras termina de llenar la caldera con agua.
- ¡Vieja! ¡Vieja!
- Ya voy – responden con desgano desde la pieza de más al fondo. - Ya voy. Dejame dispertar bien, que hay tiempo.
 Un perro de raza indefinida de color de mugre, se estira largamente, bosteza, le mueve la cola al abuelo, lo sigue a través del patio y entra junto con él a “la pieza grande”.
- ¡”Sapo”! ¡”Sapito”! Dispierte, viejo... M'hijo... Vamos, “Sapo”. 
 El “Sapo” tendrá once o doce años; abre los ojos, grandes y profundos como pozos de petróleo, bosteza ruidosamente, se despereza.
- Es mi día, abuelo – dice masticando sueño y mostrando dos hileras de dientes grandes y amarillos. 
 Sobre la mesa, entre el termo, el mate, el azucarero, el paquete de tabaco, los ruleros, un centro de plástico lleno de eso que uno no sabe dónde poner, una camisa de satén verde con lentejuelas amarillas, descansa la escobita adornada: el palo envuelto en cintas de colores, las pajas cortas rodeadas y pintadas de rojo, verde, azul, amarillo, anaranjado. El “Sapo” la mira; se imagina al frente de la comparsa, detrás del cartel de hule cuarteado en donde reluce, en rojo, negro y dorado, el nombre del grupo; él será el escobero este año; se viene preparando desde julio cuando un ataque mató del corazón a don Robustiano, el “Azufre”, como le decían en las llamadas, por los aires que se daba.
- ¿Se da cuenta, abuelo? Si no es porque el “Azufre” se murió denrepente, no me hubieran elegido a mí y desde chico que quiero salir. Pero era muy botija todavía, me decían. ¿Se acuerda que se reían cuando ensayaba en el patio? Pero se acuerda que lo hacía bárbaro ¿no? ¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Che, Abuelo! 
- Sí, m'hijo, sí; no lo repita más. Ya lo viene diciendo desde que se murió el Robustiano.
- El A-zu-fre. AZUFRE. Se murió - se murió - se murió - el – Azufre . Se murió – se murió – se murió – el Azufre. Se murió... - ritmaba el “Sapo” mientras daba vueltas y golpeaba en al aire como si fuera un tamboril. - Chaca ta chaca, cha cha; chaca ta chaca, cha cha. - Y salió al patio a golpear en todas las puertas al compás del tamborileo gritado – hablado – cantado – bailado. De atrás de todas las puertas nadie le dijo “buenos días”.


II


 Es el atardecer. El calor asfixia. Isla de Flores se empieza a llenar de gente; de los alcones de las casas viejas cuelgan los carteles con dibujos alusivos a las llamadas. Los colores están todavía algo opacos, porque no hay casi luz. Cuando se enciendan las lamparitas que los vecinos colgaron a través de la calle, se van a notar bien.
 Desde las azoteas ya se están preparando los baldes de agua para refrescar a los que pasean. En las esquinas, el vendedor de pomos de plástico y caretas, pero los chiquilines ya tienen los suyos, hechos con envases de vinagre o de remedios y empiezan a no dar tregua a los que llegan. La calle está completamente mojada.
- ¡Voy a llamar a la policía! - grita una señorita que pasa del brazo de su novio y a la que le empaparon la espalda... y más abajo. Un coro de risas se escabulle entre la multitud. ¿Quién fue? Nadie. Los botijas ya están mojando a otros, en especial a los que tienen cara de querer estar sequitos y que – uno no se explica – van a Isla de Flores justo hoy.

 Se empiezan a oler los chorizos asados sobre la parrilla en el medio bidón de lata que, no se sabe porqué, siempre es atendido por cocineros gordos.
 Hoy se vende de todo y se ve de todo.
 Las luces se encienden. Los carteles estallan en colores. Allí, en aquel que cuelga al lado de la casa del corredor largo, dice:
  “Ya vienen los tamboriles
  por la calle Isla de Flores,
  la calle más angostita,
  la calle de mis amores”.
 Una llamarada multicolor baña el hule tenso de tamboriles, mamas viejas, viejitos, escobilleros, comparsas...
 Los vecinos ya sacaron los banquitos de la cocina a la puerta, al zaguán, a la calle. Las sillas del comedor también se usan, primero para sentarse y después para pararse y poder ver bien el desfile.
 Todavía falta; falta que la gente se lance a la calle como para apisonarla, que los gurises empapen bien a los que pasean, que los que no quieren oir los tamboriles se encierren en el fondo de sus casas, que se templen las lonjas y las gargantas con la botella que va de mano en mano.
 Allí está el “Sapo”, un escobillero entre los escobilleros, vestido con la camisa de satén verde y lentejuelas amarillas, el pantalón negro, aprisionado por las medias del mismo color, sobre las que cintas rojas se trenzan a partir de las zapatillas.
- ¿Cuánto falta, abuelo? 
- Falta que vengan las bailarinas, que se están vistiendo. 
- ¡Pucha! ¿Pa' ponerse un vestido y unas zapatillas demoran tanto?
- ¡Eh! - contesta el abuelo, que ya está vestido: traje negro, cuello blanco, galera, bastón y chancletas.
 La Mama Vieja prueba a ver si la sombrillita, de tamaño ridículo para su peso, abre bien; se acomoda el vestido y ya las caderas se le mueven solas.
 En la esquina se armó una fogata: se estñan templando las lonjas. Los tamboriles se prueban; se ensaya el ritmo. Corre el sudor que abrillanta la piel oscura.
 El “Sapo” hace rodar la escobilla por los brazos, la revolea en el aire, la recoge al vuelo, la hace correr por la pierna hacia abajo, la para con el pie, la tira y sigue jugando.
 Al fondo, la comparsa. Empieza el repiqueteo. Delante, las bailarinas de caderas sueltas y piernas y brazos rítmicos. Siguiendo, el viejito y la Mama Vieja. Abriéndose paso, las banderas que hacen girar hábilmente los que tienen experiencia; las tiran al aire, las recogen. Pero, sobre todo, van abriéndose paso entre la multitud que se cierra sobre ellos. Detrás de las banderas, el cartel con el nombre de la comparsa y el “Sapo” que prepara la escobilla.
 Los primeros aplausos. La calle se despeja poco a poco para que pase el desfile, para que la exuberancia de la primera bailarina se luzca entre el escaso lamé dorado que apenas cubre lo indispensable y una montaña de plumas livianísimas que cae al suelo desde el casquete.
- Hay muchas comparsas- piensa el “Sapo” - pero nosotros somos los mejores y vamos a ganar el premio. 
 Salen.
- Gracias, Azufre.


Graciela Balparda
En “Montevideo siempre” - ARCA - 1975

lunes, 4 de febrero de 2013

Oficina pública

-->Un cuento para febrero. Lo escribí, como algunos de los publicados, en 1997 para el libro "Escenas - 12 relatos con mujeres" Que lo disfruten. Es muy pero muy uruguayo y montevideano.


OFICINA PÚBLICA



El lugar olía a papeles húmedos, pisos mal lavados, café, transpiración que pudo más que los desodorantes, a encierro y falta de aire. Olía a calor humano y a ozono. Olía a cortinas polvorientas. A viejo.
Ocho escritorios con máquinas de escribir, tapados por montañas de papeles en desorden, carpetas abiertas, expedientes amarillentos. Cuatro o cinco mesas grises con monitores y teclados más grises y grasientos. Una fotocopiadora. Ficheros y archivadores metálicos.
En una esquina, un box, el único espacio nuevo, con escritorio nuevo sobre el que se veía un calendario, un pequeño arreglo de flores artificiales blancas y rosadas, un teléfono y fax y al costado una mesita auxiliar con computadora.
Era la única zona privilegiada con moqueta roja.
Pegada al box, una silla en desuso cargaba con una máquina de escribir que conoció tiempos mejores y que ahora cubría una funda de plástico negro, arrugada, quebrada y con los pliegues blanqueando de tierra.
A un lado, en el piso, una caja de cartón amarillento, con las esquinas rotas y los bordes gastados hacía esfuerzos por contener una pila de escritos y los sujetaba con una doble pasada de hilo plástico.
En otra esquina, detrás de un fichero metálico acodado a un armarito de madera se entreveía otro armario de cármica roja que se apoyaba contra la pared. Sobre él, una cafetera eléctrica con la jarra casi vacía, unas cuantas tazas, todas diferentes entre sí, algunas con restos de café, otros jarritos de cerámica, bolsas de nailon...
En el rincón cercano, una heladera pequeña, baja y bastante nueva.
De una de las paredes laterales colgaba un cuadro al óleo, desvaído, con la tela agrietada, de dimensiones considerables y autor desconocido que hace años hubiera mostrado orgullo de nobleza. Hoy era una vieja pintura, patética y arruinada en su marco deslucido.
En la pared opuesta, una abertura rectangular, más ancha que alta comunicaba con otro recinto.
Al fondo, cuatro ventanas grandes, de vidrios fijos se recalentaban al sol que se filtraba entre unas venecianas verdes y destartaladas. Haces de luz amarillentos y desparejos, caían oblicuamente sobre el lugar. El polvo los decoraba moviéndose amodorrado bajo el aire asfixiante que se retorcía impulsado por tres ventiladores de techo.
Cerrando el caos de escritorios, sillas y máquinas, un mostrador de madera deslustrada.
Por delante, un espacio de más o menos diez pasos cortado por dos hileras de sillas plásticas amarillas.
Algunos pasos más y por fin la escalera de acceso que guarnecía un cartel: “ CONSTANCIAS- CERTIFICACIONES- HABILITACIÓN "
Música de la llamada funcional se desprendía de un parlante colocado en una columna a la derecha y se confundía con un murmullo sordo de palabras entremezcladas en una especie de zumbido colectivo.
Selva permaneció unos segundos en el umbral, bajo el letrero. No le era fácil reintentar, por tercera vez, completar el trámite.
Esta vez no perdería la calma.
Tomó aliento. Enderezó la espalda y levantó ligeramente el mentón.
Se acomodó el bolso que llevaba colgado al hombro y sujetó con firmeza la agenda.
Miró hacia adelante. Como en las oportunidades anteriores el lugar estaba lleno de gente y las pocas sillas frente al mostrador, ocupadas.
Detrás del mostrador, junto a uno de los escritorios, un hombre, de pie, conversaba con dos mujeres, una sentada en la silla y otra apoyada en el borde de la mesa.
Más allá, ubicadas en cuatro escritorios enfrentados dos a dos, otras tantas mujeres conversaban animadamente.
Un funcionario joven revisaba papeles colocados sobre el mostrador. Tomó el micrófono y lacónicamente dijo:
- Treinta y seis.
Selva se acercó y de un dispensador tomó un número. ¡Ochenta y tres!
Se sentía agobiada.
- ¿Va rápido? - preguntó a una señora que se abanicaba con unas hojas impresas.
- Y...más o menos...según. ¡Qué vamos a hacer! Hay que esperar... Qué calor ¿no?
- Ajá... - respondió Selva que no tenía ganas de ponerse a conversar.
Caminó algunos pasos y se dispuso a esperar y observar.
Las cuatro mujeres de más al fondo alternaban risas con tramos de conversación en voz baja.
El hombre y las dos mujeres cuchicheaban.
El funcionario joven que atendía en el mostrador masticaba chicle y anotaba algo en un formulario. Hizo pasar a la persona que estaba atendiendo al otro lado y le indicó que se sentara. Él, por su parte, tomó asiento frente a una computadora y tecleó. Miró el monitor y esperó.
Volvió a teclear, preguntó sin dejar de masticar y sin mirar al pobre hombre que se secaba el sudor de la frente con un pañuelo arrugado. Finalmente se levantó. Salió hacia el otro recinto y desapareció.
Selva observaba la escena. El pobre hombre cambió de posición en el asiento y miró con incrédula expectativa hacia el pasaje por donde el joven funcionario había salido.
El otro hombre, el empleado que conversaba con las dos mujeres, no se dio por aludido, toda su atención se dirigía a seguir el cuchicheo.
Las funcionarias en rueda de cuatro le parecieron a Selva un grupo de vecinas a quienes se las hubiera sorprendido en el zaguán de una casa de barrio criticando y enjuiciando la vida de otros y mirando con recelo a los desconocidos que miraban del otro lado de la calle.
De este lado, los condenados esperaban turno. Algunos se rebelaban contra su suerte, maldecían, otros se resignaban, otros se adormecían en las sillas, bostezaban, había quien dejándose llevar por el desconsuelo abandonaba el lugar, otros, desafiando la prohibición, encendían un cigarrillo. En un rincón, un grupito planeaba la rebelión contra el abuso de los empleados.
Selva sintió el llamado de la justicia, se acercó al mostrador y dijo a viva voz
- ¡¿No hay quien atienda acá?!
Decenas de ojos se dirigieron a ella.
Las vecinas del fondo detuvieron apreciaciones sobre la vida ajena y la miraron con desprecio.
Los cuchicheantes, con extrañeza. El hombre del trío, un adulto alto y delgado, de bigote oscuro, pantalón gris y camisa rayada, miró a una de las mujeres que lo acompañaban, la que se apoyaba en el borde de la mesa.
Vestía una mini de jean y un bucito anaranjado todo tan ceñido que dejaba adivinar generosidades naturales y gastronómicas.
La otra era flaca y por encima le caían una blusa marrón y una pollera clara que colgaban sin gracia.
El otro hombre, el solicitante, que todavía aguardaba al joven funcionario que lo estaba atendiendo, dejó en suspenso el ademán de secarse el cuello con el pañuelo ya húmedo.
Los demás que aguardaban turno hicieron silencio y por unos segundos solo se oyó la insulsa música que se chorreaba por los parlantes.
Selva paseó su mirada desafiante sobre los funcionarios de detrás del mostrador y la fijó en quien le pareció más vulnerable: el funcionario alto.
-¿No va a atendernos nadie?- preguntó con suavidad fingida y una sonrisa.
- Señora, - respondió el hombre con amaneramiento natural y mirando en todas direcciones - el funcionario salió pero enseguida vuelve.
- ¡Pero si usted no sabe ni dónde está!
- ¿A usted le toca ahora, señora? - casi gritó desde el fondo una funcionaria de voz chillona.
Un silencio beligerante se había apropiado del público que aguardaba.
- No, pero no puedo esperar toda la mañana.
- No se ponga nerviosa que los vamos a atender a todos.
- Menos mal - contraatacó Selva con ironía y siguió
- Ya nos dimos cuenta cómo se ocupan del trabajo.
- A ver, señora ¿qué le pasa? - dijo la ceñida mientras se despegaba de la mesa y avanzaba sacando pecho.
- Que hay un solo funcionario atendiendo y siete al santo botón.
- El funcionario está atendiendo porque es su turno...
- ¿Hay un encargado? ¿Quién es?
- La jefa salió pero de todas formas cuando venga no atiende público.
-¡Qué fantástico!
- ¡Treinta y siete! - llamó la ceñida.
- ¿Cómo, ahora le tocó el turno a usted para atender?
Selva vio que la mujer sonreía a la persona que se acercaba al mostrador portando el número treinta y siete.
Tres de las vecinas bajaron las cabezas y se sumergieron en la lectura de unas carpetas. La cuarta se sentó frente a una de las computadoras y se puso a teclear.
La flaca abrió un cajón y sacó unos papeles. El hombre que la acompañaba se dirigió a otro escritorio.
Por la puerta de acceso a la otra parte entró otra mujer vestida con un traje de chaqueta azul y blusa rosada.
Era pelirroja y enrulada. Llevaba un collar de cuentas blancas de varias vueltas y tacos altísimos. En las manos huesudas y pecosas varios anillos y las uñas largas y encorvadas barnizadas de púrpura.
Cruzó el salón pasando como una reina por los corredores del palacio. Entró en el box y cerró la puerta.
“La jefa”, pensó Selva y dijo:
- Señorita, disculpe, quisiera hablar con la jefa.
- Ya le dije que no atiende público- contestó
- Esto es una tomadura de pelo. Exijo hablar con la jefa.
Nada. Nadie le contestó.
El pobre hombre sudado, olvidado y avejentado por la tensión seguía aguardando al funcionario joven que no regresaba.
Hacía más calor. Selva creyó sentir cómo le hervía la sangre y le golpeaba en oleadas dentro de los oídos.
El público, sentado o de pie, se agitaba, olvidado el incidente, esperando el turno para ser atendido y poder irse a un lugar más fresco.
El rumor de voces volvió a cubrir el salón y aplastó la música hacia los rincones.
Solo una señora de cabello blanco que se apoyaba en un bastón se acercó a Selva para decirle:
- No vale la pena, mija. Ya nos van a tocar.
- Esto es indignante. ¡Qué caradurismo!
- Qué va a hacer. ¿Tiene un número muy alto?
- Ochenta y tres.
- No se preocupe. Ahora va a ir rápido.
La señora caminó lentamente hacia las filas de sillas.
Una chica joven le ofreció el asiento.
La jefa, dentro de su box, hablaba por teléfono y hojeaba una agenda.
La funcionaria ceñida había derivado al treinta y siete hacia otra funcionaria en una computadora.
Treinta y ocho.
Selva vio el corte en el mostrador que daba paso hacia el otro lado.
La flaca enroscaba un mechón lacio con una mano y escribía algo en unos formularios.
Las vecinas tecleaban y de vez en cuando cruzaban algunas palabras.
El funcionario alto, luego de mirar su reloj de pulsera, se levantó y fue hasta la fotocopiadora.
Selva, sin prisa, segura y sin dudar pasó la frontera hacia el otro lado y antes de que nadie pudiera detenerla golpeó la puerta del box.
- Adelante- dijo la jefa sin mirar hacia la entrada.
- ¡Señora...! No puede entrar - gritó alguien a las espaldas de Selva.
Selva entró sin vacilar y cerró la puerta tras de sí.
La ceñida dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y marchó hacia el box.
Antes de que entrara, la jefa, con una seña, le indicó que se fuera.
Indignada, la echada frunció los labios y miró a la flaca. Luego con un significativo movimiento de cabeza y de ojos le señaló a las vecinas el box. Después se encogió de hombros y regresó al mostrador con aire de "ofendida pero no me importa".
Las vecinas no aguantaron y se pusieron a comentar.
La flaca no entendía qué pasaba y se levantó hacia la fotocopiadora donde el alto poco iba a poder decirle porque estaba de espaldas a los hechos.
El pobre hombre que aguardaba al funcionario joven se derretía en la silla.
¡Cuarenta!... ¡Cuarenta! ... ¡Cuarenta y uno!
Un muchacho con un portafolios se dirigió al mostrador.
La ceñida no podía seguir atendiendo tranquila. Miraba de reojo el box y a las dos mujeres que, adentro, conversaban animadamente. Ni una palabra podía adivinarse desde afuera.
De repente, la jefa se puso de pie y sin salir del box dirigió su mirada al hombre abandonado junto a la computadora. Volvió a sentarse.
Ahora todos lo funcionarios estaban alerta de lo que ocurría en el despacho de la jefa.
Una de las vecinas casi corrió hasta llegar hasta la sala contigua para regresar en segundos flanqueada por el funcionario joven que, masticando chicle, tomó su puesto en la computadora, le extendió un papel al pobre hombre abatido que firmó tembloroso al pie del documento. Terminado esto, con cara de agradecido y sonrisa de agotada satisfacción, se levantó con esfuerzo y salió arrastrando los pies.
Las once y cuarenta y cinco. El sol ya no entraba oblicuamente. Ahora envolvía al edificio y el calor subía por la escalera de entrada cerrando el paso y colgaba como gel espeso de los techos. Cualquiera diría que de un momento a otro los ventiladores dejarían de funcionar. Tal vez hubiera sido lo mejor.
La jefa volvió a ponerse de pie. Abrió la puerta.
- ¡Olga...! El sello de habilitación.
La voz era potente y tenía el sello de aquellos a quienes no se puede contradecir.
Olga, la ceñida, tomó el sello del escritorio de la flaca y lo alcanzó a la jefa.
- Gracias, Olga - dijo. Y cerró la puerta.
Las vecinas observaban con rencor a Selva que intercambiaba frases con su interlocutora y lo hacía con una sonrisa.
La camisa del alto se veía húmeda y se le pegaba a la espalda.
La flaca tomó el lugar de Olga y llamó al siguiente. Era la señora de pelo blanco con bastón.
Sonriente dijo al llegar:
- Qué rápido que van ahora. Menos mal.
La flaca no contestó y con la misma sequedad y falta de color de su piel en la voz, preguntó al tiempo que se colocaba un mechón detrás de la oreja:
- ¿Si?
Olga regresó al mostrador y llamó a otro número.
El joven funcionario se acercó al alto y cambiaron unas palabras mientras miraban discretamente hacia el box.
Dentro de él las dos mujeres se pusieron de pie y siguieron conversando. Selva señaló hacia donde estaban las vecinas y luego hacia el centro de la sala.
La jefa escuchaba atentamente y asentía a algunas frases.
Finalmente, Selva abrió la puerta.
- Gracias- se le oyó decir a la jefa.
- Por favor. Encantada - dijo Selva.
Se saludaron con un beso.
Selva atravesó el espacio que la separaba del mostrador sin mirar a nadie y con una sonrisa en los labios.
Caminó hasta la escalera. Allí se encontró con la señora del bastón.
- ¿La atendieron, abuela? - preguntó Selva mientras la ayudaba a bajar.
- Gracias, mija. Sí. Y cómo te miraban los empleados. Se pusieron nerviosos. Te admiro el coraje.
- ¿Ah, si? ¿La atendieron bien?
- Yo estuve toda la espera mirándolas a ti y a la encargada...o la jefa... y a los empleados... ¡Cómo se apuraron!
La señora se rió divertida y siguió:
-Pero estuviste muy bien. De vez en cuando hay que llamarlos al orden.
La abuela se detuvo en el último escalón.
- Solo espero que no suspendan a alguno -agregó con seriedad.
- No creo. Porque lo que le di, como decoradora, fueron algunos consejos para mejorar el lugar y me ofrecí a ayudarla .Todo el rato conversamos de decoración y además... me llevo mi habilitación.



1997 - Para el libro "Escenas - 12 relatos con mujeres"