Una mujer en la soledad de la víspera de Navidad
NOCHE
DE FIESTA
Pudo haber sido
el perfume de los jazmines o la noche tan clara con una luna de
cuento o la calma de la calle después de un día agitado, diferente,
de un día tan especial...
Las lágrimas
habían caído suavemente, con una voluntad irrefrenable que la razón
no pudo detener.
Tal vez la
cerveza que había tomado con los compañeros de trabajo para
festejar...
Puede ser.
Hacía
mucho calor al mediodía... Se había reído tanto... todo habían
sido buenos deseos, abrazos, saludos, euforia...
Luego
tanta gente en la calle, los puestos ambulantes a lo largo de las
veredas, los vendedores voceando ofertas, el Centro bullía en
colores y texturas, juguetes, pañuelos, artesanías, sombreros,
sillas para playa, bebidas frías, números de lotería, flores,
cuadros, camisetas...
La parada y luego
el ómnibus repleto, con la música a todo volumen...
Había vuelto a
casa contenta y un poco cansada.
Nada más.
Todavía estaba
sobre la mesa el regalo semidesenvuelto del "amigo invisible".
¿Cuál había
sido el punto? ¿En qué momento...? ¿Un pensamiento?
Se
había quedado dormida ¿un rato? sobre la cama, luego se había
levantado, se había duchado, había salido hasta el supermercado a
comprar el helado, había mirado el informativo en la televisión
mientras se vestía para la cena, había llamado por teléfono a
varios amigos y familiares...
Lo usual.
No
fueron las imágenes de Londres iluminada ni las de Nueva York ni las
de París. Estaban tan lejos.
Tal vez fue
cuando apagó el televisor y la casa quedó en silencio.
El
silencio, sí... Pero estaba acostumbrada al silencio. Salvo cuando
venía alguna amiga, rara vez, o sus hermanos con los hijos, más
rara vez, no había otra conversación más que la radio o la
televisión.
¿O
fue después, cuando se sentó en el sillón junto a la ventana para
hacer un poco de tiempo antes de salir?
Y eso que este
año no se había puesto a escuchar los viejos discos de villancicos.
No. No eran los
recuerdos. Con los recuerdos debía uno ser cuidadoso.
Los recuerdos.
No debió
preparar la mesa igual que antes, que siempre, cuando aún vivía su
madre, con el caminero de hilo, un centro de piñas y siemprevivas y
los dos candelabros bajos, lustrados, con las velas rojas.
¿Para qué?
Cierto. Faltaba
el aroma del Pan Dulce llenando la casa desde la mañana, anticipando
la cena en familia.
Otra cena, otra
familia...
Sin embargo no
era nostalgia.
Tal vez el
trabajo, el estrés...
No debió
quedarse sentada haciendo tiempo. Debió salir. Ir caminando
despacio.
Qué importaba si
llegaba temprano. Margarita, una de las cuñadas, estaría en la
bendita cocina terminando de preparar las ensaladas o ubicando en los
platos la "picada" del copetín.
Su
hermano Alfredo, en el fondo, con el asado y los chiquilines
prendiendo "cañitas voladoras" en la calle.
A lo mejor
estaría llegando Armando, con Mercedes y las mellizas con su
despliegue de lechón al horno con ensalada rusa, su buen humor y la
música para ambientar...pobre Armando.
Luego
vendría la ceremonia de los regalos, el intercambio de pequeñas
cosas prescindibles y de otras absolutamente inútiles.
¡Qué disparate!
Cualquiera sabe que todo eso es bueno.
Entonces, ¿qué
había sido?
¿Que
el comedor de la casa había quedado solo iluminado por las luces del
árbol cuando apagó las demás?
No.
Si eso siempre le había gustado.
Las
luces encendiendo y apagando, reflejándose en los adornos brillantes
y coloridos.
Destellos
en los pájaros de vidrio, campanitas de porcelana, hombres de nieve
de guata, ángeles de cartón, botas de fieltro rojo, moñas de raso,
manzanitas con brillantina... ¡Qué viejos algunos! De qué años...
Entonces,
¿qué?
¿Por
qué no había podido contenerse?
Ahí
estaba, cruzada de brazos y piernas, con la cartera al lado,
esperando un poco más para no llegar tan temprano.
Llorando. Sin
moverse. Permitiendo que la mirada se le perdiera entre las luces que
la coloreaban alternándose con la blanca claridad lunar que entraba
por la ventana abierta.
¡Quién sabe!
Una mala jugada
de la emoción.
No cualquiera
tiene una familia para pasar las Fiestas.
Hay gente tan
sola...
Se secaría las
lágrimas.
¡Qué tontería!
No
debía olvidar el helado, ni la bolsa con los regalos, ni desenchufar
las guías del árbol,ni cerrar la ventana...
Y que el perfume
de los jazmines quedara en el jardín.
Graciela Balparda (1997)