Este cuento lo escribí en 1997 para el libro "Escenas - 12 relatos con mujeres". Lo comparto con ustedes.
Las protagonistas: Delfina, una mujer entre los ochenta y noventa años, viuda que vive desde hace casi una década en compañía de Eulogia.
Eulogia bordea los sesenta años y trabaja 6 días en casa de Delfina. La acompaña las 24 horas.
Espero que el lector pueda acercarse a esos dos mundos que conviven tan cercanos y tan lejanos bajo el mismo techo.
Graciela Balparda
VIERNES
SANTO
- Eulogia, cuando
sean y media poneme la televisión... ¡Eulogia! ¡Esta mujer!...
Nunca está cuando la llamo.
Eulogia entró
al comedor con un repasador de cocina en la mano.
- Ya la oí, señora
Delfina.
Y repitió
subiendo la voz
- ¡Ya la oí,
señora! ¡Estoy calentando el agua para el té!
El lugar estaba
iluminado apenas por la escasa luz que entraba por dos ventanas que
daban a la calle desde un primer piso.
Afuera, el día
lluvioso de un tardío otoño. Llovía despacio, calmadamente, sin
prisa.
Cada tanto
pasaba algún auto rompiendo el silencio de una tarde gris de Semana
Santa.
Los plátanos
descascarados amarilleaban y oscurecían alternativamente en ocres y
marrones. De vez en cuando alguna hoja caía describiendo tirabuzones
en el aire o planeando suavemente en círculos para quedarse luego
adherida a las baldosas empapadas.
Nadie. Nada más
que lluvia y puertas cerradas.
Delfina se
acercó a la ventana.
- Ni un ómnibus,
che. ¡Qué soledad! Al final uno extraña el ruido de los
chiquilines peloteando todo el día. Mirá, ni el quiosco abrió.
Esto tiene para rato -dijo queriendo ver el cielo pero ni su espalda
ni el edificio de enfrente se lo permitieron.
-Todos los viernes
santos llueve ¿viste? - continuó, aunque no esperaba la respuesta.
- En casa, mamá
hacía un pescado riquísimo que ahora no me acuerdo cómo le decían
pero papá era para el ayuno.
Eulogia entró
al comedor y colocó sobre la mesa un viejo pero coqueto mantel de
hilo celeste bordado con un monograma en relieve y luego,
prolijamente dos servilletas haciendo juego. Salió nuevamente para
volver con una bandeja sobre la que traía dos tazas, una tetera
cubierta con una funda tejida en lana multicolor, un platillo con
plantillas, otro con tostadas y una mielera de cristal.
-¿Funciona bien ese
reloj, Eulogia?
- Si, señora-
contestó la otra sin mirarlo y sabiendo que no esperaban su
respuesta.
El péndulo
oscilaba rítmicamente fraccionando el susurro de la lluvia
interminable.
-¡El té está
servido! -anunció con precisión Eulogia.
-Ya lo vi. No soy
boba y no levantes la voz que no hay por qué. Todos creen que porque
uno está viejo se vuelve bobo. No me ayudes que gracias a Dios puedo
sola.
Delfina se
acomodó el saquito color rosa-viejo que le cubría los hombros y la
espalda por encima de un vestido de franela gris.
Se levantó con
dificultad apoyándose fuertemente en los brazos del sillón en que
acostumbraba sentarse junto a la ventana.
-¿Por qué me
sacaste la alfombrita de al lado del sillón? ¿Otra vez me esconden
las cosas? La de al lado de mi cama ya sé quién fue que te dijo que
la sacaras: mi hija Nenucha o mi nieta Andrea que son dos pesadas que
ya te digo ¡cruz diablo! que me voy a caer y quebrarme la cadera
como le pasó a la pobre doña Elcira, la del cuarto piso. Cuánto
tiempo la tuvieron internada y le tuvieron que poner una prótesis.
Después no vino más la sobrina a verla. Pobre señora, tan solita.
¡Qué feo, no! Ayudame, Eulogia que mis piernas con este tiempo las
tengo duras.
-Va a tener que usar
el bastón que le trajeron.
- Pobre Elcira. Y
qué buena moza era de jovencita. El padre muy amigo de mi tío
Esteban. Era un mujeriego.
Delfina caminaba
lentamente apoyándose en Eulogia que la sujetaba por la cintura.
- Después tanto
tiempo cuidando a la mamá y a la tía y ahí quedó para correr por
todos y ahora ni vienen a verla.
- ¡A usté la
vienen a ver!
- ¿Hoy me vienen a
ver? ¿Quién? ¿Te llamó Alberto y no me dijiste nada?
-¡No llamó nadie
por el momento!
- ¿En qué momento?
Ya te dije que me avises cuando llamen que yo puedo hablar por
teléfono. Lo que pasa es que no prestás atención. Va a haber que
cambiar el teléfono, ya le dije a Nenucha. Ese aparato se oye
horrible. Y al final quién llamó. Dame la mano que esta silla es
una porquería y se resbala cuando me siento.
Cuando las dos
mujeres se hubieron sentado a la mesa Eulogia sirvió el té. Era un
ritual de todas las tardes desde, para Eulogia, hacía ocho años.
Hacía nueve que
Eulogia era viuda. Tenía dos hijas casadas y cinco nietos. Vivía
seis días en la casa de Delfina y el séptimo iba a pasarlo en la
casa de alguna de sus hijas. Frisaría los sesenta años de los
cuales por lo menos cincuenta había trabajado en casas de familia.
Delfina se
quejó, como siempre, de la temperatura del té y de que esa
porquería de edulcorante no era como el azúcar de verdad.
- Mi mamá nunca
conoció el edulcorante. Esto es cosa de Nenucha. Alberto no se mete.
Sorbió un poco
de la taza.
- Quiero saber qué
me voy a poner cuando el más chico de Alberto se case.
- Nenucha dijo que
no se preocupe que iban a ir a la modista.
- ¿Cuándo? Esta es
una tranquila. El tiempo se pasa. El muchachito se casa en agosto.
Qué fea fecha. En lugar de festejar la independencia se va a
engayolar con esa muchachita fea que tiene de novia.
Delfina se rió
suavemente de su picardía y de lo que le parecía una audacia.
- Bueno, me como una
plantillita y me prendés el televisor. Está lindo para unas
tortitas fritas. Podías hacer unas cuantas. Mi hermana Zulma las
hacía riquísimas, a papá le encantaba que mi hermana le hiciera
las tortas fritas. Zuzú, le decía papá y ¡qué mala se ponía
mamá! Decía que era nombre de bataclana, Zuzú. Pobre mi hermana.
Ahora en mayo tengo que llamar a mi sobrina Adela porque hace fecha
de mi hermana. Se murió en el sesenta y nueve pobre Zulma. Qué
perlita de marido mi cuñadito. Fundió el negocio y la mató del
disgusto.
- Venga que le
prendo la tele. Mientras yo limpio usté va viendo y después me
cuenta.
- Hacete la zonza.
Así no hacés las tortas fritas- sentenció Delfina.
-Pero a mí no me
engaña, - pensó- cuando venga Nenucha le voy a decir que esta mujer
es muy honrada pero nunca hace lo que se le pide.
Delfina se
levantó ayudada por Eulogia y juntas fueron de vuelta al sillón
junto a la ventana. Lo corrieron un poco hasta casi enfrentarlo con
el televisor ubicado en la esquina opuesta.
Eulogia lo
encendió.
Delfina se sacó
los lentes y los limpió con decisión, a pesar de que las artrosis
había modificado sus manos, con un pañuelo con aroma de colonia que
siempre tenía en el bolsillo del vestido.
Se colocó los
lentes, dobló prolijamente y guardó el pañuelo. Luego se acomodó
el peinado apretando un poco las ondas plateadas contra la cabeza.
- Tengo que decirle
a Nenucha que me traiga otra colonia... ¡Qué manera de llover!
Tristeza de viernes santo como decía mamá. Ni un ómnibus...
¿Viste, Eulogia? Ni un ómnibus...
Eulogia entró al
comedor y se sentó en una silla cerca de Delfina.
- Si suena el
teléfono atendé enseguida que a lo mejor es Nenucha. Alberto, no.
Estará descansando el pobre. Venir no van a venir porque mirá qué
feo está.
Delfina miró por
la ventana y se acomodó el saquito sobre los hombros.
- ¡Está horrible,
señora! ¡Seguro que hoy no salen para nada! ¡Quién va a salir!
¡Más que por necesidá!
- Tenés razón,
Eulogia. Yo digo que a lo mejor mañana llaman o de repente más
tarde.
- Los tiene mal
enseñados porque siempre los llama usté.
- Y si no, estos
desgraciados... Vienen y te dejan plata. Yo ya les dije que no quiero
nada. Yo tengo la pensión que me dejó mi marido. Me arreglo.
Gracias a Dios, me arreglo. No quiero pedir nada a nadie.
Delfina se alisó el
vestido y volvió a tocar su cabello peinándolo ligeramente en la
nuca con los dedos.
- Voy a tener que ir
a la peluquería. Prendé la lámpara de la mesita - dijo
descuidadamente.- Está muy oscuro. ¿Guardaste la Coca-Cola en la
heladera por si vienen los muchachos?
Eulogia asintió
con la cabeza y se levantó a encender la luz.
- Tenés que pasar
un poco de cera a este piso.
- Bueno.
- ¿Oíste? No me
trates como boba que yo sé esas pavadas de que me puedo resbalar.
El teléfono
sonó fuerte desde el pasillo junto al comedor y pareció cortar la
penumbra.
Eulogia se
dirigió rápidamente hacia donde estaba el aparato.
- ¡Si es Nenucha
decile que estoy bien que no venga que está muy feo! ¿Me oís,
Eulogia? Acercame el teléfono.
La voz del
televisor no dejaba a Delfina escuchar la de Eulogia en el pasillo.
- ¿Cómo estás?...
Yo, bien... ¿los nenes?... ¿Yamila se mejoró de la garganta? ...
Cuidala, nena. Que no tome frío... Sí... el domingo voy. No, tu
hermana no llamó para nada. La que llamó fue tu prima la Lilí. Me
dijo que la tía se agarró flor de gripe...
-¡Eulogia!
- Te dejo, nena que
la señora me llama...Qué voy a hacer, pobre...Tengo unos huevitos
de Pascua para los nenes. Un beso, nena... Hasta el domingo... Y sí,
espero que vengan... pobre viejita... y si no los llamaré a ver qué
van a hacer el domingo que yo me tengo que ir ¡que vengan a
saludarla el domingo por lo menos!...
¡Qué vamos a
hacer! Y todos vamos a llegar...
-¡Eulogia!
- No puedo dejarla
solita... Sí, ya sé... Tenés razón... Ah, escuchá, voy al
mediodía... y sí porque voy a acompañar a la señora a la misa de
Pascua y...
-¡Eulogia! Esta
mujer me va a matar. Cuando hable con Nenucha le voy a decir que
habla ella sola por teléfono y a mí nunca me comunica... ¡Eulogia!
- Estoy acá,
señora.
- Cuando hable
Nenucha alcanzame el teléfono ¡qué costumbre! ¿Qué te dijo?
¿Viene?
Eulogia negó con
la cabeza y dijo sin atreverse a mirarla
¿No quiere que le
prenda un poquito la estufa? Está poniéndose fresco.
- Hacé lo que
quieras. No me digas nada si no se te antoja. Subí un poco la voz
que no se oye bien... Debe ser el mal tiempo.
Eulogia subió
un poco el volumen y se sentó.
Las dos mujeres
miraban en silencio las imágenes en color, de otro color distinto
del amarillento que filtraba la tela de la lámpara encendida en una
esquina sobre una mesita francesa. Mientras tanto, voces extranjeras
escaparon de la caja, llenaron el comedor, pasaron por entre pesados
muebles de roble oscuro, se entretejieron con los delicados hilos de
las carpetitas de crochet sobre sillones y bajo portarretratos,
acariciaron las flores secas en un jarra de peltre que custodiaba la
puerta, se diluyeron en los pasillos oscuros hacia la cocina y se
apagaron en los silenciosos dormitorios.
Afuera acababa
otro día y seguía lloviendo.