EL
HOGAR
-
Bueno, chiquilinas..., ¡atención! Ahora sí, basta de charla y
bromas. Vamos a levantar las copas para brindar por Rosa que es
nuestra homenajeada de hoy.
El murmullo
se fue mezclando y cubriendo con aplausos hasta terminar en una
ovación.
Los vasos
con refresco y algunas tazas se levantaron casi al unísono y hubo
entrechocar de vidrios y lozas, risas y comentarios.
La Directora
puso orden nuevamente diciendo
- Calma, calma.
Le pedimos unas palabras a quien hoy debe presidir esta honorable
sala, la señora Rosa Blanca Lucca de Méndez.
El salón de
Jardinera había sido preparado para la ocasión. De hecho era el más
amplio y el más acogedor de la escuela. Dos armaritos de madera
pintados de rojo sobre los que se veían, muy ordenados, viejos
juguetes de plástico, gastados autitos y camiones, osos de peluche
manoseados y algunas muñecas que no resistirían un nuevo peinado,
se ubicaban contra la pared del fondo. Percheros amarillos
flanqueaban la puerta de entrada. Almohadones de arpillera de color
acomodados en un rincón sobre un trozo de moqueta llegada como
donación, se duplicaban en el espejo que decoraba una esquina, en la
que de una caja grande de cartón forrada con papel verde sobresalían
telas y sombreros. Tres estantes con libros esperaban a los lectores
bajo la ventana vestida con prolijas cortinas de algodón estampado
con dibujos infantiles bastante desteñidos por el sol. Un panel de
espuma plast lucía una lámina de UNICEF con una foto de niños,
colocada con alfileres y a su lado, prendidos, unos muñequitos
recortados en hojas de garbanzo llevaban abrigos de pelotitas de
papel crepé y bufanditas de lanas de colores, ingenuamente tejidas,
sin duda, por manos infantiles. En otra esquina al lado del
escritorio de la maestra, sobre un gran cubo blanco, una pecera con
dos pececitos de agua fría y un “lazo de amor” en una maceta
envuelta con papel brillante. Un móvil con tortugas de cartulina
colgando de la lámpara completaban la decoración habitual.
Las sillas y
las mesas de la clase se habían amontonado a un costado, a la vez
que sillas de madera más grandes habían sido traídas de otros
salones y ubicadas en torno a una larga mesa de caballete cubierta
con un mantel blanco. A su alrededor, sentados, había más de una
docena de mujeres y Hernán.
Una
luz amarillenta y sombreada de tortugas caía sobre platitos y
bandejas con lo que quedaba de las tortas saladas y dulces, de los
bizcochitos de anís y sándwiches y sobre una muestra interesante y
variada de vasos y tazas, algunas botellas de refresco y una vieja
tetera panzona abrigada con un repasador de cocina.
El lugar
estaba lleno del apetitoso aroma, dulce y cálidamente invernal, del
chocolate caliente del que ya poco quedaba en aquella improvisada
chocolatera.
Dos vetustas
estufas eléctricas agregaban un poco de calor a la reunión.
La Directora,
de pie, inició un nuevo aplauso que todos imitaron.
- ¿Rosa?- dijo
mirando a una de aquellas, que pasaba los sesenta, de cabello bien
teñido de castaño claro y pañuelo al cuello sobre un buzo de lana
color verde oscuro.
- Ay, no -
respondió poniendo cara de circunstancia.
- Ya hablé
todo el santo día- siguió con voz cansada y algo disfónica.
- Vamos, vamos.
¿Cómo te vas a negar siendo que es el mes de tu santo, de tu
cumpleaños y... casi, casi, el de la gloriosa jubilación? -
insistió la Directora enfatizando exageradamente las dos últimas
palabras.
- ¡Sí,
sí...que hable, que hable! - se oyó en desordenado coro.
- Bueno, yo voy
a tomar la palabra - dijo Alicia.
-
A ver. Ojo, vamos a marcarle un tiempo que si no, no nos vamos más -
interrumpió Susana en tono de broma.
- Silencio,
che. Respeto. El que quiera hablar que levante la mano. De a uno -
acotó Mirela. - Poné orden, Carmen... Estos gurises vienen cada vez
más impertinentes - agregó mirando a la Directora con fingida
seriedad.
- Que hable
Alicia - sentenció Carmen tomando asiento.
-
A mí me faltan como doscientos años para jubilarme pero... si me
pudiera ir, como Rosa, otra que discurso, bailaba y zapateaba
flamenco arriba de la mesa. Así que en su nombre digo ¡Salve
Jubilación! ¡Viva la Libertad! ¡Fuerza, Rosa! - dijo mientras
levantaba su taza y agregó como en secreto- y andate mientras estés
cuerda.
- ¡Sos una
exagerada!- comentó Marita sin dejar ni una pausa e irguiéndose en
su silla.- ¿Qué querés decir? ¡Qué horrible!
- Ay, claro. Yo
tengo veinticuatro años de trabajo... y mirame - dijo Carmen.
- Justamente -
agregó rápidamente Susana. Y algunos se rieron del sarcasmo.
- En serio, yo
creo que si pudiera irme, me iba. De repente me quedaba solo con el
colegio... o no. ¿Pensaron en lo que sería tener tiempo libre para
hacer lo que uno quiere? ¿Sabés cómo estoy de correr de una
escuela a otra, de hacer las cosas de mi casa, atender a mis pobres
hijos y que me aguanten cuando estoy como loca con los trabajos para
unos y otros, los carnés...y como el sueldo no me da, dar clases
particulares los sábados...? Y todavía pidiendo a Dios que los
nenes no se enfermen porque si no, se me complica todo. No tengo ni
tiempo de ir a la peluquería - dijo Mirela tomándose las puntas del
cabello sujeto en una cola.
- Esta
profesión es desgastante, ¡qué novedad! Ahora... yo la elegí
porque me gusta y cuando entré sabía que los sueldos son lo que
son. Pero, no sé. No creo que me gustara hacer otra cosa - insistió
Marita.
- ¡Qué viva!
Con el marido con el empleo que tiene y no tiene hijos...- comentó
por lo bajo Susana a Mirta que estaba a su lado y la escuchó
asintiendo con la cabeza.
Mientras tanto
otros comentarios se habían levantado e inevitablemente, los
diálogos entre quienes eran vecinos de mesa.
- Yo no me
puedo jubilar todavía, si no...
- A nosotras
nos agarró la ley nueva...
- Yo estoy
contenta. El ambiente es bueno y mi clase trabaja muy lindo.
- Estoy tan
harta de machacar siempre con lo mismo. ¡Qué poco razonan...!
- ... tener
tiempo para ir a un club a hacer un poco de gimnasia, ir al teatro,
un viajecito de vez en cuando... y plata.
Hernán,
abrazando a Rosa con gesto simpático le decía algo gracioso que
hizo que ella riera suavemente.
- Y vos, Hernán
¿si pudieras te jubilarías? - preguntó Alicia acercándose a la
mesa y creando un canal de voz entre las conversaciones
entrecruzadas.
- ¿Yo?
- Claro. Sos el
único Hernán.
- No sé. No me
puse a pensar en eso.
- Brillante. No
esperaba menos de ti - replicó Alicia con ironía.
- Che, dejá al
galán tranquilo - intervino Mirela.- Pobre. ¡Todavía que tiene que
aguantarnos todo el día!
-
Y oírlas hablar hasta por los codos, te faltó decir. Cargosas y
quejosas. A la única que nunca la vi traer conflictos es a Rosita.
Es a la única que quiero. ¡Brujas!- siguió Hernán en tono de
burla.
Rosa sonrió
y continuó observando en silencio cómo los anteriores se
enfrascaban en una discusión tan amistosa como estéril.
Discretamente,
Susana miró su reloj.
- Podríamos
pasar a votar. A favor y en contra de jubilarse ya - dijo con su
potente voz y decidida a desconcertar como habitualmente lo hacía,
dejando a los demás sin saber si era en serio o en broma.
- En serio,
Rosa - empezó otra vez Alicia y se oyeron silbidos y abucheos
cariñosos - es bárbaro que puedas jubilarte. Vos sabés cómo te
queremos todos y te vamos a extrañar...
- Pero,
Alicia... si todavía no se jubiló. Hoy estamos festejando los
cumpleaños del mes y saludando a Rosa en su santo, que esperamos
pase sin temporal - cortó Carmen.
Algunas
voces asintieron y como era previsible se desataron comentarios
acerca de la infaltable tormenta de fin de mes, adelantada o
atrasada, temible o no tanto, el frío, las lluvias, los destrozos
recordados, los recientes y los lejanos, los vividos, los
anecdóticos, los leídos, datos estadísticos...
Lentamente
algunas mujeres se pusieron de pie.
- Nos vamos que
se está poniendo más frío - comentó Carmen. - Las encargadas de
recoger todo este mes, no se olviden. Después Celeste termina de
limpiar y acomodar.
Un rumor de
abrigos y camperas, de bolsos con libros y papeles, arrastrar de
sillas, saludos y despedidas fue colmando el salón y decreciendo a
medida que iba quedando vacío.
Pronto
desaparecieron todas las voces.
Casi en el
fin de la tarde ventosa y fría de aquel viernes la luz se iba yendo
de las calles vacías que rodeaban la escuela y las sombras iban
ocupando corredores y aulas escolares desolados y quietos.
Alicia y
Mirta recogían rápidamente vasos y tazas para colocarlos sobre una
bandeja.
- Al final no
te dejaron decir lo que querías - resonó la voz de Mirta.
- Bueno, de
todas formas se lo pienso decir a Rosa el lunes cuando la vea. Rosa
es buenísima. Es tan buena persona. Yo la quiero mucho.
- Llevo esto a
la cocina - dijo Mirta mientras levantaba la bandeja llena y salía
rápidamente.
- Estos
bizcochitos y esto se lo pongo a Celeste en una bandejita – dijo
Alicia acompañando la palabra a la acción.
- Deje Alicia.
Vayan que está muy feo. Dejen que yo junto - dijo Celeste, una
señora que frisaba los sesenta años, de cabello gris, con aspecto
de abuela joven y vigorosa.
- ¡Ah,
Celeste! No la oí entrar. No, no. Cómo le vamos a dejar todo así...
- respondió Alicia dando la vuelta y mirándola.
- Vaya que esto
es lo de menos - insistió Celeste que ya estaba desenchufando las
estufas- Cuando venga Margarita, el lunes temprano, llevamos la mesa
y acomodamos la clase. O a lo mejor lo hago con Pereira en un rato.
- Así se
habla, que su marido se mueva un poco, también. Usted bastante hace.
- Vayan,
Alicia. Vayan.
- Gracias,
Celeste - sonrió Alicia que ya había juntado, casi todo lo que
quedaba sobre la mesa.
Se estaba
poniendo el tapado cuando entró Mirta.
- ¡Celeste!
Qué ejecutividad. ¿Ya estás otra vez con la escoba en la mano?
- ¿Vio? Así
después no se quejan.
- Celeste se
ofreció a terminar, Mirta.
- Me viene muy
bien. Washington quería que fuéramos al cine, hoy.
Mirta
se acomodó con los dedos el cabello oscuro, corto y enrulado. Se
puso la bufanda y la campera larga. Se colgó la correa del
portafolio en el hombro y se enfundó los guantes de lana.
- ¿Vamos,
Alicia? Te acompaño hasta la parada y yo después sigo para casa.
¿Qué mirás con tanta atención?
Alicia, que
miraba por la ventana, dijo sin volverse
- Oí voces y
vine a mirar. Me pareció una discusión. ¿Aquella no es Rosa? ¿La
estaría esperando alguna madre?
- No creo -
dijo Mirta acercándose a la ventana y cruzando una mirada con
Celeste.
- Es Lali -
continuó al ver las dos siluetas prácticamente en sombras del otro
lado de la calle, en una pequeña plaza abandonada y solitaria.
- ¿Quién es
Lali? - preguntó Alicia.
- La hija de
Rosa. Debe andar por los treinta años.
- No sabía que
tenía una hija. Nunca me la nombró. Más bien siempre me dio la
impresión de que... Me aconseja tanto que no descuide a mi nena, que
la disfrute todos los días...que los años pasan tan rápido...que
nada vale tanto como los hijos... Rosa... - dijo Alicia cambiando la
mirada de la penumbra fría de afuera a su propio reflejo borroneado
en los vidrios congelados de la ventana.
- Siempre
dedicada a la escuela ¿no? - completó Mirta y continuó sin mirar a
Alicia - dedicada el ciento por ciento a su trabajo y a sus alumnos.
Así fue siempre. Hizo de la escuela, su casa. Por eso, la jubilación
no llega con la misma alegría para todos.
Alicia
giró la cabeza, serio el semblante, para mirar a su colega que no se
movió.
- Yo no
sabía... pero ¿cuál es el problema?- dijo luego de un instante.
- Hace
dieciocho años que estoy en esta escuela y Rosa veinte. El personal
ha ido cambiando, trasladándose, yendo unos, viniendo otros. Todos
han visto en Rosa una maestra excepcional y una gran compañera. Así
seguirá siendo - afirmó Mirta buscando con su mirada la de Alicia.
Parecía
haber oscurecido de golpe cuando Alicia volvió a mirar hacia afuera.
La calle estaba desierta.
- Vayan. Vaya,
Mirta que su esposo se le va a ir solo al cine. Y usted, Alicia,
tiene un lindo viaje todavía. ¿La nena quedó con la abuela? -
preguntó Celeste
- Sí –
respondió brevemente Alicia
- Vamos. Hasta
el lunes, Celeste. Que pases bien. Dale, muchacha - dijo Mirta
tomando la delantera.
- Las acompaño
así cierro con llave - agregó Celeste mientras alcanzaba a Mirta.
Alicia
caminó en silencio detrás de las dos mujeres que conversaban
animadamente. Quería llegar pronto a casa.
Graciela Balparda (para "Escenas - 12 relatos con mujeres" 1997)