Hasta entonces...
Graciela
UN
AMIGO TE ESPERA
Esa
noche durmió por primera vez en la nueva casa.
Soñó
que estaba en la otra casa, después soñó que se perdía en un barrio raro y
oía ladrar a los perros.
Cuando
se despertó oyó que sí ladraban unos perros en la calle, lejos y se encontró en un cuarto extraño lleno de cajas y valijas, una
radio sobre la cómoda y unas repisas de metal apoyadas contra una
pared. Sintió otra vez ese olor de la pintura nueva.
-
¡Buenos días! -dijo mamá.- Por fin estamos acá. Levantate que hay
muchas cosas que hacer.
Ese
domingo también fue distinto. Pablo quería ayudar pero ¡era un
lío!
Mamá
trataba de poner orden en la cocina, papá clavaba algo a una pared,
su hermano Martín se había ido a la puerta con la bicicleta y mamá
le gritaba que no se fuera lejos.
Pablo
tomó la leche y comió unas galletas sentado en una banqueta al lado
de una mesita en el comedor.
-
¡Qué lindo! ¿No, Pablo? -le dijo papá que pasó de largo
tocándole la cabeza. Pablo sonrió. Cerró los ojos y pensó en la
otra casa, en su cuarto, en los juegos con sus amigos, en su escuela.
¡La escuela...!
Al
día siguiente le costó levantarse.
No
tenía ganas de comer, le dolía el estómago, se peleó dos veces
con Martín por la mejor bolita que había tenido, una bolita azul
que se le había perdido hacía tiempo. Al final mamá terminó
rezongándolos a los dos.
-
¡Lindo momento para pelear! Van a llegar a la escuela nueva como dos
forajidos.-
Pablo
nunca había sabido bien qué eran forajidos pero ganas de ir a la
escuela nueva no tenía y cada vez que lo pensaba le venía una cosa
rara en el estómago.
Peinaditos
y con los championes limpios subieron cuatro escalones gastados,
pasaron una puerta y entraron.
Había
chiquilines por todos lados. Unas nenas jugaban a saltar a la cuerda
en un patio abierto y sin árboles.
Había
olor de escuela. ¡Era una escuela! A Pablo le parecía que el
corazón le saltaba dentro del pecho cuando mamá le dio unos papeles
a una señora de túnica que parecía la Directora.
Pablo
miró a Martín que tampoco se había movido del lugar y despacito le
tomó la mano.
La
señora de túnica los miró, les sonrió, dijo algo a la mamá y la
hizo pasar al escritorio.
Pablo
tenía ganas de correr, de ir con mamá, de llorar, de reírse. El
corazón seguía a todo trote, le transpiraban las manos... pero no
se movió.
-
¿Ustedes son nuevos? -preguntó alguien detrás de ellos.- ¡Ché!
-y ese alguien le tocó la espalda a Martín que se dió vuelta tan
rápido que casi se soltó de la mano de Pablo.
Se miraron.
- Me
llamo Damián, estoy en 5ºA, soy CRUZ ROJA ¿ves? ¿vos vas a 5º?
- Sí
-contestó Martín- soy nuevo. Nos mudamos ayer.
-
Ojalá te toque conmigo. ¡Chau! -Damián se despidió y cruzó el
patio abierto. Sonó el timbre.
A
Pablo se le hizo un nudo en la garganta.
Algunos
chiquilines entraron corriendo de la calle, otros se metieron en los
salones; una nena pelirroja les sacó la lengua.
Otras
filas se hicieron en el patio de afuera y luego se perdieron en
corredores y escaleras.
Por
fin... silencio.
Martín
y Pablo estaban solos en aquel lugar enorme.
El
planeta Tierra los miraba desde un cartel pinchado en espuma plast.
Decía una leyenda: "La tierra es azul".
Pablo
lo observó, le recordaba a su bolita perdida.
-
¿Ustedes son los ingresos? -preguntó Zulma a la vez que dejaba la
escoba apoyada en la pared. Luego cerró la puerta de entrada a
la Escuela.
- Sí
-contestó Martín.
Pablo
no contestó nada porque no sabía si era eso.
-
Vengan acá, cerca de la Secretaría -y Zulma los arrimó a la puerta
del escritorio
donde estaba mamá que ya salía con la señora de túnica que
parecía la Directora.
-
...sí, como no, quédese tranquila. Hasta luego. -dijo la señora
que parecía la Directora.
Mamá
los besó y les dijo. - Pórtense bien. Luego vengo a buscarlos.
Martín
va con Estela -dijo la señora de túnica que parecía la Directora
dirigiéndose a Zulma- Llévelo Zulma, por favor. Martín, estás
en 5ºC. Soy Ana María, la Secretaria.
Martín
se soltó de la mano de Pablo y sin despedirse de él siguió a Zulma
escaleras arriba.
A
Pablo se le llenaron los ojos de lágrimas y bajó la cabeza.
Ana
María lo tomó del mentón con su mano para mirarlo, le sonrió, se
metió la mano en el bolsillo de la túnica, la sacó cerrada y
mientras la abría, mostrando una bolita de vidrio de un azul
profundo, brillante, con destellos dorados le dijo
- Es tuya. Te
estaba esperando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario