La magia existe y está mucho más cerca de lo que creen los adultos. Los niños y los animales lo saben.
RAÚL
Y CAROLINA
La miró. Ella
estaba sentada en el escalón de una casa.
Parecía muy
entretenida; conversaba con un osito blando, de piel desteñida y
ojos de botón. Hablaba bajito con él para no despertar a los
vecinos de la cuadra.
No había nadie
en la calle.
Un vientito
fresco amontonaba hojas amarillas y marrones en el garaje de al
lado.
Se acercó un
poquito y se sentó más cerca de ella.
En ese
momento la nena cantaba y el osito bailaba en sus rodillas.
Tomó ánimo y
se acercó un poquito más.
Ella no lo
había visto todavía, estaba muy ocupada ahora poniéndole a su
oso una bufandita de lana en franjas de colores.
Se acercó un
poquito más y trató de hacer algo para llamar la atención de
la nena; entonces como estaba bastante frío estornudó.
Los dos se
miraron.
- ¡Salud! -le
dijo ella.
Y él sonrió
moviendo la cola.
- Vení - le
dijo Carolina - ¿te perdiste? Este es Panzo. Antes era bien
gordito, por eso le puse Panzo. Panzo, salude...
Y el osito
inclinó todo su cuerpo ayudado por la mano de Carolina.
- Yo me llamo
Carolina ¿y vos?
Él inició un
saludo pero le salió un ladrido raro, ahogado, como una tos.
- ¿Rauj?¡Rau!
¿Rau... Rau...? ¿No será Raúl? Hola, Raúl.
- Carolina,
¿con quién hablás? - se oyó a la mamá detrás de la puerta
entornada.
Carolina se
puso de pie, se colgó con una mano del pestillo de la puerta y
dijo
- ¡Con Panzo
y... nadie!
Cuando miró a
la calle Raúl había desaparecido.
- Carolina,
entrá a hacer los deberes - llamó el papá.
La calle quedó
más vacía cuando la puerta se cerró detrás de Carolina.
Raúl miraba
todo desde atrás del árbol que estaba en la esquina.
En los días
siguientes Raúl buscó la manera de encontrarse con Carolina.
La esperaba
moviendo la cola en la puerta de la panadería y luego la acompañaba
en el regreso a casa.
Se sentaba al
lado de ella cuando esperaba sola, en el escalón de la casa, a la
bañadera que la llevaba a la escuela .
Conversaban un
ratito.
Él la
escuchaba bien atento apoyando la cabeza en sus rodillas.
En realidad
Carolina lo entendía.
Él sabía bien
cuando simpatizaba con alguien y había aprendido a alejarse de
los que no lo querían.
Un día,
Carolina salió a la feria con la mamá.
Raúl se hizo
el distraído y cruzó a la vereda de enfrente cuando las vio
acercarse.
Qué gusto le
dio cuando Carolina sin darse vuelta agitó su mano para saludarlo
sin que mamá lo notara.
Los días de
lluvia Raúl se quedaba bajo el techito de la parada del
ómnibus y miraba fijamente la puerta de madera de la casa de
Carolina.
Y un día
cuando el tiempo se había puesto bien frío Carolina no se asomó
a la calle; al siguiente tampoco.
La bañadera
vino y se fue sin ella.
Raúl no
entendía.
La esperó en
la puerta de la panadería casi todo un día, al otro se sentó en
la vereda de
enfrente a la casa, por las dudas.
Al tercer día
se echó cerca del escalón de entrada donde Carolina se sentaba
a esperar a la bañadera.
No se decidía
a cambiar de barrio; este le gustaba, era tranquilo, con
poco tránsito, tenía comida y abrigo en el taller mecánico y...
estaba Carolina.
Raúl decidió
que mañana iría por última vez a la hora en que Carolina salía
a jugar en el escalón.
Y así lo hizo
pero el escalón estuvo mucho rato vacío.
Se iría...
Pero cuando Raúl casi llegaba a la vereda de enfrente oyó la voz
de Carolina.
- ¡Raauuúl!
Carolina se
asomaba por la puerta entreabierta.
- Carolina!
-llamó la mamá - cerrá esa puerta. -¿Qué
querés...?¿enfermarte peor? - ¡Gripe! -gritó Carolina y estaba segura de que Raúl entendería.
Graciela Balparda
Publicado por Ed. ROSGAL - 1ª ed. 1994
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